jueves, septiembre 21, 2006
Mujeres ( en pleno reduccionismo histórico)
lleva dos linternas que rasguñan hierba en todo lo que miran, y una voz melodiosa, y unas piernas que suspiran.
II
es un talle diminuto y una cascada rubia que pone turbia la cerveza, una pasta, un vino a media tarde, y carcajadas preñadas de mezcal y de clemencia.
III
se cuela entre las pestañas como un grito lluvioso que no es más que carne e impaciencia
IV
fue la oportunidad marchita, la calma exasperante, la necedad desperdiciada. Una noche en su sillón rojo le dije que no y me mató el antojo.
V
y ella también se fue, a cumplir el designio del enemigo, a esperar cómo odiarme por nada y malgastar tan hermosos besos robados en una escalera, junto al agua mineral, junto a Ella y junto a Frank.
VI
o la fiera, la fiera despojada de nombre, la fiera que me ataba a la transgresión y me hacia amarle en todas partes, a toda costa, sin hamacas y en el frío de las azoteas.
VII
érase una selva tupida de fieras racionales muy racionales muy racionales...esperando por la yugular y olvidándose de la siesta
VIII
la promesa eterna el fruto en desasosiego, la eternidad de otros, siempre de otros, siempre de otros. ¿A qué horas de nosotros?
IX
como una llamarada de paz y un sorbo de café que enlongaba el amor y el estío, esperando a su vientre, aterrada del alambre y del malabarismo.
X
con sus ojos egipcios empuñando una boca que no se cansa de morder.
XI
era largamente sobre unas piernas silenciosas que abrazaban como cocodrilos en llanto de primavera, salvaje, medicinal, eterna.
XII
una sonrisa de temblor, un miedo en la cartulina, horas al teléfono y al martirio de sus amantes, siempre con planes, siempre con miedo.
XIII
las pecas que le llovian sobre una cama de gemidos mudos, muerde muerde y atenaza, muerde muerde y atenaza.
XIV
con su llanto sobre la espalda, con la historia en la maleta, lejos de todo, loca y amada y hecha polvo y echando leña en las hogueras.
XV
Y al final, yo, marchito otra vez. Con las ganas en una valija. Queriéndome llevar a cada número a dar una vuelta, otra vez, y recordar por qué no somos, por qué no más, por qué tan lejos. Y regresar a mí, si es que me encuentro.
Carajo.
viernes, septiembre 08, 2006
Norah's landscape (sin acentos gracias a Mac)
Desde esa madriguera es que reposo sobre el colchon y me miro con sorpresa y con alivio. Indago en este cuerpo prestado por palabras reconditas y, como toda persona real o imaginaria, me vivo desde mi y me miro desde unos ojos que solo alcanzan a mirar mi ombligo y mis caderas, mis piernas y mis entrepiernas y los dedos de estos pies que, afortunadamente, el autor sombrio ha decidido hacerles duros pero hermosos. Silentes como arbusto pero solidos y dulces como lo que yo misma hubiese querido de mis pies, antes de tenerlos. Concibo el mapa de mi cuerpo ficticio como todo el que lee esta paradoja concibe el de su propia e insalvable realidad corporea. Pero, a diferencia de muchos de los seres que no provienen de esta imaginacion, yo si me fascino a mi misma, y la implacable tarea de esperar a Gustav Lonesome mientras miro el televisor no me resulta nefasta porque, siempre que quiero, desviar la mirada de ese televisor fantasioso me resulta facil, y siempre, tambien, la ocupo en gozar de mi estatura irreal, mi suavidad onirica, mis ganas de sentir alivio de no ser presa de las sombras de mi creador obtuso.
Por el contrario, agradezco la suave oportunidad de ser mas limpida que la seda, y de tener a Gustav Lonesome como una contraparte gris y patetica que se pierde, en cada una de sus desesperanzas, de la verdadera osadia de explorar este cuerpo fatal y delicioso del que el hacedor me ha provisto. Rio, quizas amargamente, quizas con certeza, de resultar ser este pais tan conocido para los ojos de Gustav pero tan deleitable para los mios propios. Comprendo la naturaleza sufriente del que ha sido asignado para desear escapar de mi piel inexistente, Gustav y sus demonios, en este caso. Pero en total indiferencia, y solo porque el autor no me hace participe, desconozco totalmente la necesidad de ese naufrago eterno de vociferar socorros y bengalas estupidas, mientras me hundo en el estupor de existir por la gracia de una idea, y me acaricio mientras tanto.
Me acaricio siempre. A toda hora. Incluso cuando el autor dormita en sus labores insulsas y desconocidas. Yo las obvio y las descarto y, tranquilamente, vuelvo a acariciarme sin pudor y sin sosiego, mientras en la tele imaginaria resuena el jingle de Hill Street Blues y sin que nadie se de cuenta, pongo cara de que me importa para que ni Gustav ni el hacedor interrumpan mi delirio.
Pero, eso si, yo sola no siempre me basto. No es tan abrupta la diferencia entre los seres reales y los fantasiosos: Ni unos ni otros nos somos suficientes a nosotros mismos. Norah, la que soy, se acaricia casi a escondidas mientras desea, igual que Gustav y que el hacedor, una salida a su circulo de predestinamiento y resolucion anticipada. Norah quiere ser la salvacion de Norah, pero en brazos de un poema que el hacedor no ha escrito. Norah vocifera, en cada apretujar de estos muslos fantasmagoricos, una otra escapatoria que retumba en los timpanos reconditos del hacedor, aunque no siempre lo sepa. Norah, yo misma, quiere salvarse entre los dientes de un personaje que el autor no ha vislumbrado, pero que hace eco en sus cavidades como el batir de las alas de una mariposa colosal retumba en la marea de sus suenios, de sus senos, de su oportunidad de existir por si misma.
Y mientras me reduzco al sillon, y persisto en este acariciarme tan oculto. Persisto porque estoy cierta de que al hacedor le esperan mas capitulos, y que cada capitulo del hacedor permite que florezcan cientos de rincones donde resguardarme de su censura mas ingenua. Un beso suyo son cien nuevos amantes para Norah. Una desesperanza son cien nuevos suicidios de Gustav, mi carcelero inocente. Un suspiro y una ganas de dormir son un punto final para mi. Pero aseguran, siempre, un eterno y delicioso principio. Y no importa cuando es que llega. Siempre de los siempres puedo esperarlo entre caricias. Mias. Suyas. Supervivientes.
miércoles, agosto 30, 2006
Bocanadas
Hay bocas que componen silbidos y los hilan como puentes. Bocas que arrullan palmeras y bocas que tuercen otras bocas en un choque de asteroides que no deja sobrevivientes. Hay bocas nulas, bocas muertes, bocas refinadas y bocas bailarinas. Bocas que me duelen todavía y bocas que no quieren saber a mi boca. Bocas bálsamo y bocas veneno sin antídoto ni plegaria. Hay bocas mustias. Hay bocas turbias. Hay bocas embaucadas y bocas que se han ganado más de tres billetes de lotería, sin que se les note.
Hay bocas como muchas bocas. Otras pequeñas, inertes. Posadas como un corazón sobre los dientes de una horda de caníbales dormidos. Bocas de playa, bocas de lluvia, bocas de nombres que se repiten y se repiten. Hay bocas en mis sueños. Hay bocas desbocadas, desdeñosas, dadivosas. Hay bocas mías por segundos. Hay bocas rubias y bocas de beleño y de musgo. Hay bocas suaves. Hay bocas. Muchas bocas. Muchos sueños, y sólo uno, uno recurrente. Una bocanada de tabaco, tras otra. Bocas sempiternas. Bocas de lluvia. Y de adiós.
viernes, agosto 25, 2006
Lonesome in New York (Mordidas de la Gran Manzana)
Escribo este mensaje con las incipientes gotas de sangre que aún brincan de gusto entre la carretera de mis venas. Mi nombre es Gustav Lonesome, y lo escribo con toda la amargura que me cuesta saber que llevo inscrito en él los adjetivos de mi catástrofe. Por eso es que me hallo en esta isla desierta de sentido y poblada de gritos oscuros y humeantes. Por ser el que soy es que malgasto este tiempo elucubrando mensajes que quepan dentro de tan distintas botellas, en lugar de guarecerme de la lluvia y de mí mismo. Dar de gritos en lugar de persistir o de sobrevivir con ganas de hacerlo, y de construirme una posibilidad con paredes y una cabaña con cimientos fabricados de la austeridad y del follaje.
Gustav Lonesome es mi nombre, y mi isla desierta está más bien habitada por una extraña abreviatura de simios que mastican las palabras en una transacción recalcitrante. Vivo en una villa de humo y piedras envidiosas y brillantes. Convivo a toda hora con ventanas y con puertas. Resisto entre una jungla de puentes y vigas y rascacielos llenos de trabes. Y claro, sobre la que ocurren y concurren las botellas, los pergaminos, los bolígrafos hemoglobínicos e incluso, junto a ellos, las navajas –capaces de hacer brotar esta sangre con que escribo- y a su lado los jerarcas, los escribanos, los durmientes y los trenes, y los bichos, y las tardes.
Lanzo este mensaje desde la terraza de mi hartazgo. Sobre el Hudson navega este ferry de pamplinas, y rumbo al sillón sin esperanzas me dirijo ahora que de mí fluyen todas estas inútiles frases. Nora está esperándome, seguramente, y sus ocho piernas arácnidas e inertes se desparraman sobre un sillón donde ya no quiero resguardarme. Por eso pido auxilio al río y sus orillas, como si lo pidiese a mí mismo: Salvamento pronto, o cuando menos, si al fortuito receptor de mis aullidos le es posible, una esperanza más prolija y rentable. Aviso Oportuno: un lunes de entrepiernas, un rato del septiembre de cualquiera, me bastaría para hacer de él una bengala irrenunciable. También funcionaría un bramido hueco, o una señal de superhéroe de la cual colgarme. Cualquier futuro es mejor que este retorno al Brooklyn y a
Debiera aclarar algunas cosas: Ser honesto, pues, y no jugar al náufrago desamparado y realmente inexpugnable. Mi nombre es, como dije, Gustav Lonesome, y mi angustia desesperada es ésta que apenas he empezado a contarle. Pero también soy yo, yo mismo y no Brooklyn, o Nora, o mi agonía resuelta, o mi hambre inexplicable, plagada de hamburguesas en cajitas de cartón no reciclable: sólo yo y esa inmensa sombrilla a la que diario interpreto tras el telón de una fantasía de escape; ambos y a dueto, en perfecta sincronía, nos hacemos cargo de matar a Houdini otra vez, y a Gustav Lonesome, de paso, para así lograr perpetuarles.
Gustav Lonesome, que soy y no soy yo, quiere amarse viviendo. Quiere vivirse amando y amándose. Gustav Lonesome está harto de sí mismo, y de las piernas de Nora, y de las coladeras de Brooklyn y del ruidoso ferry que le lleva y le trae días y tardes. Gustav Lonesome es un hombre repleto de sentido y sinsentido: un hombre que sabe besar como besan los que arden y darse la vuelta como las mangueras indiferentes de un camión de bomberos que toma la siesta en lugar de apresurarse. Gustav es y no es, soy y no soy, un hombre capaz de amar a una mujer como quien ama a cien y al mismo tiempo, un hombre que no se incomoda de lograrlo, ni se empecina en dejarle. Sencillamente no lo hace. Gustav Lonesome es un rastrojo falto de alcohol y que lanza, tomando prestado el mejor brazo de los yankees, y sin que nadie sepa, una botella nueva y sanguinolienta, llena de solicitudes y demandas insulsas, todos los días, y que siempre atina al ombligo del Hudson, esperando que en contubernio con el viento, en quien sí confía (ya que no es ciudadano de su isla), lleve sus plegarias patéticas hasta un mundo donde al menos la orilla de unos dedos se apiade y le recoja, y tras leer sobre su solitario hacinamiento le ansíe eternamente, a pesar de que la botella no repare en mapas o caminos que le conduzcan a salvarse. Gustav Lonesome soy y no soy yo, el que escribe sobre Gustav Lonesome, y el que –a su vez- no tiene interés en remediarle.
Por otro lado, amo a Nora lo suficiente como para dejarle. Le amo por momentos iracundos y luego durante semanas de colchón y pastel de carne. Le amo porque ha permanecido ahí, fiera e incapaz de doblegarse, a pesar de que durante la cena no emitamos ruido y tras el amor prefiramos dejar los cigarrillos en la mesita de noche, y obviar las conversaciones para ocuparnos del sueño y las mañanas aceleradas de nuestro hormiguero de alambre. A Nora le amo pero no le amo, también. Y eso es lo insalvable. Así también amo los sonidos de Brooklyn, los motores enjutos y chillantes de cada uno de los ferrys que, numerados como los hijos de un católico insaciable y sin frenos, me llevan a lo que no quiero llamar más casa, todas las tardes, irremediablemente, hasta donde Nora la inquebrantable me soporta sólo porque Falcon Crest o Hill Street Blues le permiten hacerse a un lado de sí misma, y olvidarme cómodamente.
Mi delirio es tal que pienso en mí, en Gustav Lonesome con toda su ingravidez, como un héroe que ha sentido que su boca no fue hecha sino para morder sus propias ataduras y escapar; escapar hasta un valle californiano repleto de princesas domésticas, donde una, y sólo una, espera en ascuas para desposarme. Las mil y una noches en Brooklyn hubiesen terminado con un sultán amodorrado y despojado de nombre, encendiendo el televisor con un bostezo y perdonándole la vida a Scherezade solo si le hacía el favor de cerrar el pico para traerle una cerveza suficientemente aguada del frigorífico.
Lo real es que, además, Brooklyn no es real, y Nora merece vivir en una fantasía mejor que la que he construido para atarme a la fábrica, al sillón y a mi debacle. Siempre he creído, para colmo, que los ruidos de toda esta gente que puebla este panal de hollín, son sólo eso: ruidos, decibeles de sobra, colores que ocultan la forma real del mundo y sus verdaderos recovecos de expiación, donde no hay taquilla ni aire acondicionado.
Así es como llego cada tarde, hasta este mismo altiplano del río, unos pies más o unos pies menos, y en mitad de la mitad del Hudson resuelvo suplicar por un desequilibrio. Así es como catapulto, siempre antes del ocaso, estas mismas letras escritas más que con mi sangre con la pantanosa densidad de su torrente flácido y desesperado. Así es como miro a mis botellas multicolores ser roídas por el atardecer y la corriente intoxicada del Hudson, mientras me atormentan las probabilidades de fracaso, trituradas por el departamento de higiene y recolección de basura de la ciudad de Nueva York. Con una disciplina peor que la de mi desesperanza, tejo este mismo mensaje y alimento el azufre de este río hambriento con botellas que van desde un humilde Jack Daniels que pudo o no hacerme compañía la noche anterior, hasta una inocente y dorada botella vacía de Kristal, depositada con dulzura de mucama en algún cesto luminoso de la casa más pomposa de Manhattan. Y luego, habiendo consumado mi sublime acto de fe, con sus respectivas y acuáticas plegarias, me pliego en el asiento del ferry, otra vez.
Y luego pienso en Nora y sus delicias, pero ya no lo escribo y mejor sopeo mi desgracia en los restos del café que me traje desde el trabajo. Y finalmente me recuesto para contemplar el fin de la tarde. Y dormito durante el resto del viaje.
Siempre sueño lo mismo, sin embargo: Mi boca es el sol y las nubes son un sinfónico modelo de mis dientes. Y juntos, saboreándonos todo el inmenso bocado, mordemos esta gran manzana y la masticamos, felizmente, hasta el final de sus callejones y sus apellidos. Y nos comemos a Nora, y al Hudson, y al ferry. Nos comemos a Gustav, el mismo que escribe, y que mientras escribe lanza su botella y se regocija y se arrepiente, y vuelve anodinamente al sillón. Y que mientras vuelve y se arrepiente y retorna a su trapecio, se duerme por instantes, y sueña que se come al Hudson y a todos sus peces y sus jeringuillas, y a sí mismo y que de pronto, reaparece.
martes, agosto 22, 2006
Náufrago en New York
Escribo este mensaje con las pocas e incipientes gotas de sangre que aun brincan de gusto entre la carretera de mis venas. Mi nombre es Gustav Lonesome, y lo escribo con toda la amargura que me cuesta saber que llevo inscrito en él los adjetivos de mi catástrofe. Por eso me hallo en esta isla desierta y humeante. Por ser quien soy es que malgasto mi tiempo elucubrando este mensaje, en lugar de guarecerme de la lluvia y mí mismo. En lugar de persistir, sobrevivir con ganas de hacerlo, y construirme una posibilidad con paredes y cimientos fabricados del follaje.
Gustav Lonesome es mi nombre, y mi isla desierta está habitada por una extraña abreviatura de simios que conocen las palabras y su transacción recalcitrante. Vivo en una ciudad hecha de humo y piedras. Convivo con ventanas y con puertas, todo el tiempo. Resisto entre una jungla de puentes y vigas y trabes. Y claro, también ocurren y concurren las botellas, los pergaminos, los bolígrafos incluso, y junto a ellos las navajas –capaces de hacer brotar esta sangre con que escribo- y a su lado los jerarcas, los escribanos, los durmientes y los trenes, y los bichos, y las tardes.
Lanzo este mensaje desde la terraza de mi hartazgo. Sobre el Hudson navega este ferry de pamplinas, y rumbo al sillón sin esperanzas me dirijo ahora que de mí fluyen todas estas frases. Nora está esperándome, seguramente, y sus ocho piernas arácnidas e inertes se desparraman sobre un sillón donde ya no quiero resguardarme. Por eso pido auxilio, salvamento, o cuando menos, si al fortuito receptor de mis aullidos le es posible, una esperanza más rentable. Un lunes de entrepiernas me bastaría para hacer de él una bengala irrenunciable. Un bramido hueco, una señal de superhéroe de la cual colgarme, cualquier cosa. Cualquier futuro mejor que este retorno a Brooklyn del que hoy seré incapaz de zafarme.
Debiera aclarar algunas cosas: ser honesto, pues, y no jugar al náufrago en verdad desamparado y en verdad inexpugnable. Mi nombre es, como dije, Gustav Lonesome, y mi angustia desesperada es esta que apenas he podido contarle. Pero también soy yo, yo mismo y no Brooklyn, o Nora, o mi agonía resuelta, o mi hambre: sólo yo y esa inmensa sombrilla que a diario interpreto; ambos y a dueto en perfecta sincronía nos hacemos cargo de matar a Gustav Lonesome para así lograr perpetuarle.
Gustav Lonesome quiere amarse viviendo. Quiere vivir amando y amándose. Gustav Lonesome está harto de sí mismo, y de Nora, y de Brooklyn y del ferry que le lleva y le trae todos los días y todas las tardes. Gustav Lonesome es un hombre repleto de sentido, un hombre que sabe besar como besan los que arden. Un hombre capaz de amar a una mujer como quien ama a cien y al mismo tiempo, un hombre que no se incomoda de lograrlo, ni se empecina en dejarle. Gustav Lonesome es un rastrojo que lanza, tomando prestado el mejor brazo de los yankees, y sin que nadie sepa, una botella nueva y sanguinolienta, llena de solicitudes y demandas, todos los días, y que siempre atina al ombligo del Hudson, esperando que el viento, en quien sí confía, lleve sus plegarias hasta un mundo donde al menos la orilla de unos dedos se apiade y le recoja, y le ansíe eternamente, a pesar de que no sepa el camino que conduce a la expiación que le permita ser salvado para así salvarse. Gustav Lonesome soy yo, el que escribe sobre Gustav Lonesome, y el que –a su vez- no tiene interés en remediarse.
Amo a Nora lo suficiente como para dejarle. Le amo por momentos iracundos. Le amo porque ha permanecido ahí, fiera e incapaz de doblegarse. Pero no le amo, también. Y eso es lo que resulta insalvable. Así también amo los sonidos de Brooklyn, los motores secos y chillantes de cada uno de los ferrys que, numerados como los hijos de un católico sin frenos, me llevan a lo que no quiero llamar más casa, todas las tardes, irremediablemente, hasta donde Nora la inquebrantable me soporta sólo porque Falcon Crest le permite hacerse a un lado de sí misma, y olvidarme.
Pero es que yo, Gustav Lonesome, en toda mi ingravidez, siempre he sentido que mi boca no fue hecha sino para morder mis ataduras y escapar, hasta un valle repleto de princesas donde una, y sólo una, espera en ascuas para desposarme. Siempre he sabido, además, que Brooklyn no existe y que Nora merece vivir en una fantasía mejor que la que he construido para atarme. Siempre he creído, para colmo, que los ruidos de toda esta gente que puebla mi universo son sólo eso: ruidos, decibeles de sobra, colores que ocultan la forma real del mundo y sus ubicuos recovecos.
Así es como llego hasta este lugar, unos pies más o unos pies menos, en que en mitad del Hudson resuelvo suplicar por un desequilibrio. Así es como catapulto, día con día, estas mismas letras escritas con mi propia sangre. Así es como las miro ser roídas por el atardecer y la corriente y las probabilidades cercenadas por el departamento de higiene y recolección de basura de la ciudad de Nueva Cork. Segundo tras segundo tejo este mismo mensaje y alimento el azufre de este río hambriento con botellas que van desde un humilde Jack Daniels hasta una inocente champaña vacía, depositada con dulzura en algún cesto luminoso de la casa más afortunada de Manhattan. Y luego, habiendo consumado mi sublime acto de fe, con sus respectivas y acuáticas plegarias, me pliego en el asiento, otra vez.
Y luego pienso en Nora, y lo escribo, como ahora. Y me recuesto para contemplar el fin de la tarde. Y dormito durante el resto del viaje.
Siempre sueño lo mismo, sin embargo: Mi boca es como el sol y las nubes son como un sinfónico modelo de mis dientes. Y juntos, saboreándonos todos, mordemos esta gran manzana y la masticamos, felizmente, hasta el final de sus callejones y sus apellidos. Y nos comemos a Nora y al Hudson y al ferry. Nos comemos a Gustav, el mismo que escribe, y que mientras escribe lanza su botella y se regocija y se arrepiente. Y que mientras se arrepiente se duerme y se come al Hudson y reaparece.
viernes, agosto 18, 2006
Murallas de caramelo.
joven
de todo hay
de todo se puede
usté
nomás
despreocúpese
para todas las vistas tenemos
doble y triple y cuádruple
no importa
para todo tengo, para todo doy.
El amor ¿qué importa?
el amor es una palabreja inesperada: siempre.
Algo prescindible, seguro, tramoya malograda
y ya está
No importa ni cuánto, ni qué, ni cómo
da lo mismo el hambre y sus artilugios:
Diosa la gramática, diosa la semántica, diosas las ganas y los impávidos terrores: Diosas nada.
El temblor se termina donde el vértice de la mordida amorosa empieza, no más.
Nadie quiere quitarle amor a ninguna cosa: Sólo hace falta morder y desmorder para desmoronarse
impávidamente
y hacerse entonces humo.
Nadie tiene prisa por ser nada: Nadie.
Todos quisiéramos significarnos con el hambre de cualquier cosa.
Y ni el hartazgo es suficientemente culpable, no. Seguro no. Por dios que no.
Sólo me queda el hambre, y el hambre no sabe llover: ¿Qué entonces?
Terruños de amor y de esperanza, sin más. No vale el hambre contra el hambre, ni contra el frío el frío.
Hénos entonces deshechos. Eternos y sempiternos. Sembrados sin respuesta.
Y shhhh. Todo se ha ido.
Sin más.
martes, agosto 15, 2006
Pliego petitorio (poema que debiera ser cantado al oído)
-si ahora me das, si quieres-
tu pelambre y tus ojos de caucho
dame el hule de tus pestañas
y dame
sin saber que otorgas ni restriegas
el mimbre de tu sonrisa y la pijama de tus párpados
dámelo todo sin más revueltas
sopa de letras -again- tu carne y sus revuelcos
dámela entonces:
Mi cuchara erecta quiere pescar esas perdices que tanto lloras
serena la luna la espada la lengua labial y sempiterna
serena
morena de mi largo cansancio
serena.
Refulge la nave y resucitan -también-
las demandas:
Es tu axila de suadero eso que quiero quiero y quiero
Es la cal dentro de los rieles
la sal de los hambrientos
el eco
la posada
el bostezo crepitando entre tanta yerba
Eso es todo lo que quiero (dice lo que quiero):
La frágil y armoniosa melodía de tu cueva y tu silencio estornudante
aáaachuuu, lentos pero agraviados nos vemos a los ojos
áaaachis, la tibieza se amonesta, se expulsa, se retira
y atorrantes permanecen las ganas
Dame pues la costura de ese hilo
y la lenta insinuación ese albredrío de sangre
Dame los poros
las libélulas
las palmeras sudándote aburridas todas esas tazas de café
y todas las balas de salva
y todos los siglos de hambre:
La hilación del fiel cochambre:
el caracol desnudo
las páginas continuas y herrumbrosas
el óxido en los ojales, las camisas y los besos
tierra sobre otra
(una--sobre--otra)
acojinando el frío del plástico correoso
y las lágrimas globulinas y plasticales
de tanta solemnidad aburrida
y toda su masacre irremediable:
tras
lágrima
la lágrima de lodo y la mansalva orquideal y retraída
estambre eso que brota acidulándonos los días
En plena estima
en pleno estío
grieta debilucha que se canta cual paloma
una broma
una trucha en plena rima
un río
un segundo arrebatando cosas mías:
Dame, me digo, dame.
Y cuando acabo por darme
dándome nomás
se me termina
treguándolo todo
la vieja cuenta de los días.
martes, agosto 08, 2006
Caminos pedinches.
así como así
justo en el medio y
además
plagada de raíces
Una pared que no puede refutarse
dejar de ser vista
o franqueada a duro golpe de temblor
o de sollozos.
El caminante marcha por encima del quiensabe
desparpajado
indiferente
retumbando sus pasos mudos sobre la hiedra
ya dulce ya venenosa ya tremenda o deliciosa
no le importa.
Camina dulcemente
envuelto en si mismo
redoblando su marcha en franca armonía con las luces otoñales
sinuoso, si debe
recto, si gozosamente eso le cansa
Des-preo-cu-pa-do, siempre
sin más
(y qué)
sin más y sin esdrújulas
renuente a las adivinanzas
cansado del jugo imborrable de la poesía
El camino se planta
la pared frondosa espera florida
entre carcajadas y tridentes
(todo acontece bajo los ojos de la bruma
sobre la piel del vaticinio
entre la cal de los durmientes)
rota la suma y plena la muerte entre colmillos pavorosos
aplaudiendo desde el graderío, jonrones como flores silentes
con la boca lista para gritar cuando esté todo muerto
ido
inerte
Caminante vocifera desde lejos
observa el páramo y saliva escapatorias
ya escupe la rima
ya expulsa los trechos
y pervive hasta endulzar las mariposas y los tuertos helechos
El golpe
llega
sin preámbulos ni salidas de emergencia:
seco como los ojos de un enamorado sin brama.
Atiborrada la existencia
muertas las ganas, quién sabe
Todo llega presto de ganas
sobrio y soslayado:
Pidiendo rastrojos, sudando versos
rogando, entre vaticinios,
un lugar en la cama.
viernes, agosto 04, 2006
martes, agosto 01, 2006
Una estrofa el corazón y una la añoranza (a la cuenta de 2)
el terror más explicable
chocolate y líquido fuente y foso profundo ojos de dulce
el deseo en la mecedora
lengüetazo delirio un baño sin lágrimas sonrisas a desparpajo
el hambre resuelta las ganas de masticar las muelas sonrientes
Si supiera la sed de cada billete
posado en mis manos
el hambre, la complitud, la respuesta
de tanto reposo
sabría sigilo y sabría esperanza
ah, la sapiencia, el futuro, la bruma hospitalaria
todo, con sus eternos sabuesos que olfatean la nada
un todo como cantimplora, como hoja, como abeja ráuda
Un vértigo sin preguntas
y un tú
lince de frambuesas y agua de templanzas
redoblando tus entrañas irías
una venda sobre cada ojo
hasta el fin de las nuestras
andanzas.
¿Danzas?
miércoles, julio 26, 2006
Óleo de una monarca sin respuestas. (El pintor en la corte)
La princesa no quiere cuentos ni castillos. O cuando menos rehusa abiertamente los que no se fragüen entre carne y granito. Ella se rebela contra las mariposas y sus alas de vidrio. Y se repliega ante los santuarios que se forjen sólo de aire.
No es una princesa de caricias aladas, ni del mar, ni de sueños de estambre. No es una princesa que conviva con princesas. No es una ecuación, ni un misterio, ni un puchero amaestrable. Es siempre ella -siempre- y ya. Aun si se viste de sí misma.
Ya sean grúas o tentáculos o sombras: Deslizarse sin defensa cuesta más que acicalarle. Es un mar de preguntas. Es un pantano feroz y que se teje entre respuestas. Tan sólo escúchenle respirar.
Ahí el pulso de los días. Suspiro. Quemazón.
Su ahora es más que mil promesas.
sábado, julio 08, 2006
Hipótesis nobiliaria
A la princesa le sometería a latigazos de cuentos circulares. A cachetadas de cortejos a distancia. A cercanías como broncas suaves y roncas, deshaciéndose entre el paladar y sus muros salivales. Le declararía la guerra mucho después del rapto. Y luego la paz. Y luego la guerra otra vez. No le permitiría la escapatoria ni mucho menos el aburrimiento.
A la princesa le llamaría princesa. Le dejaría caer hojarascas repletas de palabras dulces, mientras la daga revolotease en los zócalos de sus entrañas. Le daría todo lo fortuito, guardaría, también para ella, todo eso otro tenue y mesurable. La pondría quieta mientras inquieta me descuartizara las tardes. Jugaría con cada cuento a que somos el sol y el cénit y la luna y el nadir y las bolsas de mercado cotidianas pero no por ello menos loables. Jugaría a que amanecemos yéndonos, a que venimos en cada regreso. A que nada es más de lo que pase.
Esa princesa quieta. Esa, la dormida. La cuasi dormida. La que no quiere despertarse. Le tengo un remolino doméstico, apaciguado, móvil, irrenunciable. Pero ella sigue dormida. Y no sé si algún beso consiga despertarle.
A dormir las hadas, las ruecas, las moralejas. Este cuento comienza donde termina su carne.
jueves, mayo 25, 2006
El curso del verano (Trenes minuto a minuto)
Aguijón y pétalo
diente y bocado
libélula o mosca
montaña o colina o nomás
tras lomita
de tierra aterrado
sin pudor
sin querer
nada más
nada más queriendo se quiere
y de querer cobran los trenes este verano
Aullido y fauce
polen caspa que te nieva sobre los colmillos
hay estaciones de tren como hay estaciones de frío
y de calor y de falsas digestiones
y de faldas cortas que llueven chispitas sobre cientodiez cuadras de muslos hirientes
hay estaciones que son minutos
y otras que se pintan como larguiruchas y agónicas muertes
todo por un par de estornudos súbitos
(sí, hay quien muere hasta por un mosquito -lástima-)
Están esos inviernos de moqueos
y pañuelos
o de narices rojas que a veces duelen para siempre
(aunque se sabe que ese siempre sólo sobrevive hasta el siguiente verano)
Hay memorias que se cansan del olvido -nomás por aburrimiento-
y le destierran a las córcegas un viernes
aunque vuelva en sábado
en carcajadas del exilio que reptan
agachadas y silentes -risas con dientes de mala yerba-
El olvido cree que los retornos así
duelen menos.
Es ahora el mediodía de arcoiris más inesperado
luego de un interminable sábado catedral de podredumbre
del grifo se vierte una tajada de vida debida
y tanta sed indica tiempos de cobranza
Ahí en el borde de mis veintisiete millones de pestañeos
veintisiete millones de intentos para medir la hora a rebanadas
sofreir el ajo la cebolla el estragón que tiña el corazón de la certeza
busco no más la lumbre bajo el polvo de las hiedras
evito esos anuncios en el diario de los días y las horas:
Se solicita alcoba aparentemente virginal pero enteramente turbia. Indispensable princesa guardiana. Ofrezco saciedad transitoria mediante actos sacrílegos y desinteresados que enorgullecerían a los alacranes. Informes a quienquiera que comparta un alarido.
No. Demasiadas palabras. Muy caro publicarle.
Y sin siquiera haber logrado una provocación en diez verbos:
¿Pero dónde diantres olvidé mi sangre?
Amanece entonces este solsticio impronosticable
invasor de la sorpresa
sabueso del frío y del hartazgo de carne
y de huestes vienen el ecuador y diez lunasoles intermitentes caraduras
bañándose en abrazos
que a tambor sordo danzan una suave marcha de guerra
empuñan imbatibles orgías
-trago saliva y me entrego felizmente al desastre-
Este es el estanque estacionado en el estío
donde brota esa ferroviaria sincronía
pozo recién nacido, alúd de escasos cinco meses
cinco -dice la tormenta de luciérnagas-
y mientras se acomoda su flamante peinado salino
y con cepillos por marejadas incrédulas y solistas
me llueve encima el agua de este verano que comenzó muy decembrino
sin partituras:
allegro ma non tropo con tendencias al adagio y al trémulo y al quiensabe
Improvisado como un suculento banquete de antorchas bajo reducción de mares
rabioso de tanto delirio
creciente sólo para circular hacia un suave río menguante
y luego creciente, de nuevo.
Cinco meses que debieran poder disecarse:
(¿alguna de ustedes gaviotas
sería capaz de prestarme una red para mariposas?)
Quiero momificar mi sonrisa del ahora
quiero detener la prensa la tinta los aviones
quiero un coito de papel y entrañas donde ninguno tenga prisa por pintar el estallido
Quiero doblar la esquina
del papel de la entraña de la calle
detenerme
masticar mis bocanadas de mugre de ciudad
salivar y bostezar agitadamente
un electroshock que pueda saborearme
Luego levantar el dedo como si nada
para llamar al microbús de la eternidad
y dar una vuelta sin prisa, dos, veintisiete más
con cumbias o con gritos, da igual
ventanas abiertas para el verano y sus rieles
Una vuelta más sin pagar peaje y sin destino
antes de que el último tren se aparezca
y saque de su valija la estación que siembra en todas partes
Que se lleve tanto y tanto
sí
pero en verano
tan hermoso y cadavérico ruido merecería el calor de las orquídeas
Y
si en ese patio
dentro de ese zócalo diminuto y en ruinas
y si sobre aquella mecedora de latón
delante de mi pánico
debajo de los rieles y los durmientes
está la señora muerte leyendo su horóscopo y bien vestida
a murmullos le musitaré mi pergamino entero
(y si no me alcanza el papel o el cogote, denúncienme luego)
Intentaré confesarle todo
ya si amo mal o bien o en paz o a corcholatas y regañadientes
ya si los ojos las princesas los relámpagos o las mujeres que se visten de jeringuillas
ya si creo en mis amigos o en la siembra o en mis tenues requisitos para la hermandad
ya si lo que me cuesta más que nada es negarme
repeler
jugar al que sabe ser asesino
ya todo, yo nada: Entregaré las chispas y los escudos sin batalla
Volveré a ser niño por un solo minuto
inabarcable y veraniego: Radiante viaje sobre mi locomotora,
para morir sonriendo
y así volver
sencillamente
a ser por siempre
otra vez nadie.
viernes, abril 07, 2006
La poda
amiga mía
su abrazo ya es definitivo
Escucho a kilómetros y a millas
como cantan las cafeteras revoltosas
y como mastica el agua
gotita sin tiempo que pasea
mientras enchina la piel a los arbustos
y las golondrinas
He vuelto al café y a tus ojos desteñidos
volví, cigarra
volví, oruga
volví sin mayores tragedias
cuando nadie lo creía
y cuando todo
todo
todo
dejó de ser
mío
pluviales mis huaraches
amiga alondra
amiga siesta:
el café y el retorno son campos de riego
riego por goteo
oro y jazmines respiran sus espigas averiadas
se les baña con frío y con pliegos y pliegos de herrumbre
y con nueces de lumbre y con hastío
y con sosiego
planta por planta y verso por verso:
irremediable
amiga flor amiga martes amiga ola y estallido
es furioso y es cobarde y es otra estampida de latidos
pero yace
solemne y atorrante
tronco perla
tallo nube y apellido
junto al café o dentro o fuera o montado en un silbido
es él -amiga hoy amiga piedra
perpetua
amiga vestigio-
es tuyo siendo mío pero qué importa
bebamos nomás
en calma
sorbo tenue y mirada presagio
y otra vez (tranquila tú, que así se arrullan que así se mecen y así se duermen los torbellinos)
Luego a mirar:
Por allá anda
en rara danza
lo veo
(es mi corazón sin mordaza que retoza y se columpia
junto a los niños del trigo, junto a los muertos
junto a los vivos
y reposa
rebasa
se queda atrás
sin más
impúdico va y vive un tiempo de pétalos solaces
y tranquilos)
Junto al café descansamos mi corazón y yo
de vuelta también -todos-
amiga ráuda amiga trino
amiga soga amiga fuerza amiga asfixia de asesinos
Estamos aquí
junto con él y conmigo
y claro
aquí nos bebemos todos en pausa
todos contigo
Otro sorbo se acerca.
Silencio, te digo.
viernes, marzo 31, 2006
El curso del verano (Trenes cada minuto)
diente y bocado
libélula o mosca
montaña o colina o nomás
tras lomita
de tierra aterrado
sin pudor
sin querer
nada más
nada más queriendo se quiere
Aullido y fauce
polen caspa que te nieva sobre los colmillos
hay estaciones de tren como hay estaciones de frío
y de calor y de falsas digestiones
hay estaciones que son minutos
largas muertes causadas por estornudos súbitos
moqueos
pañuelos
narices rojas que duelen para siempre
hay memorias que se cansan del olvido
le destierran a las córcegas un viernes
y que vuelven del exilio mientras reptan
agachadas y silentes
Este ha sido un medio día de arcoiris
una tajada de vida en el borde de mis veintisiete millones de pestañeos
solsticio tomado por sorpresa
mientras él y el ecuador y las diez lunas de sus caras se bañaban juntas
en un estanque estacionado en el estío
Cinco meses
dice la tormenta
y mientras se acomoda ese nuevo peinado salino
cepillado por tanta incrédula marejada solista
en un verano que comenzó decembrino
sin partituras
pero repleto de sonidos
Cinco meses que debieran poder disecarse
(¿alguna de ustedes gaviotas
sería capaz de prestarme una red para mariposas?)
Quiero momificar mi sonrisa de ahora
quiero detener la prensa
levantar el dedo y que el microbús de la eternidad me de una vuelta
antes de que el otro tren aparezca
y en la valija donde lleva su estación -a todas partes-
se lleve tanto y tanto
tan hermoso y cadavérico ruido
Si en ese patio
dentro de ese otro zócalo en ruinas
sobre aquella mecedora de latón
delante de mi pánico
debajo de los rieles y los durmientes
está la señora muerte con su vestido de flores
le diré (y si no me alcanza, denúncienme)
confesaré todo
ya si amo mal o bien o en paz o a corcholatas y regañadientes
ya si creo en mis amigos o en la siembra o en mis tenues requisitos
ya si lo que me cuesta más que nada es negarme
repeler
jugar al que sabe ser asesino
Volveré a ser niño otro minuto
inabarcable
para morir sonriendo
y así volver a ser nadie.
jueves, marzo 16, 2006
fruto sin sol
y yo que simplemente les mojo
las semillas que carraspean en cuclillas
y yo que simplemente les arrojo silentes
sobre las piedras
sobre las hiedras y sus dientes
y sencillas
Mientras tanto el agua en su mientras tanto
con cara de nube que empuja
con ruidos de nota o compás
o cosa ráuda
Agua en una danza sobre cuchillas
y luego gotitas riegan labios que rechinan
magros y sobrios y parcos
labios finalmente
atados.
Aquí entonces yace una tierra sin nombre
y aquí es que escancian las lluvias
aquí es todo lumbre de algodones calvos
y sí
aquí dormita ese roedor ominoso
al que atardece la milpa
y yo que me acicalo en algún otro turbio y débil reposo
y yo soy y me entumezco y juego al roto
sin yo y huerta -- yo sin mí
un otro y aparente
hortelano sin luz y olvido sin cosecha
Ni mapas ni mejores sombras:
yo te dibujo
sin motivo
y callo sin un luego
resoplo y reconmino:
Coman todos y hasta el sol
cobijen a su pobre y muerto frío
ya el arroz
ya el hambre mansa del estío
ya los nombres y los libros y las siembras hacen fila
mirales que se marchan sin hacer el menor ruido
¿A dónde es que huyen los profetas
tan todos y tan atiborrados,
a dónde es que se mudan tan sublevados
mientras se llevan mi camisa y mi destino?
sábado, marzo 04, 2006
Una danza por el fin de la semana (y el comienzo del destino)
lo juro
estiro los ojos hasta que me gritan basta
y luego tengo que perseguirme las pestañas que no escuchan nada
y se van por sí mismas a donde les da la gana
Labor de policia. Hambre de carnero.
Punto a punto impongo la ley que me expía de creer redondo el mundo
piedra a piedra reniego de mirarme la nuca tras pasar el horizonte
más allá
Traspasar lo fecundo
Pero ah, imbécil, de nuevo me pesco mientras redundo
y mi lengua de carnero se muerde sola hasta callarse lo sin nombre
¿Será que todo está previsto por los dedos del pavor?
¿Será que en el silencio brotan y emergen y se escuchan
de verdad
las heridas que enmudecen a los dioses?
Yo es que cuando callo me rostizo
calambres de erizo y flores sin tallo
no consigo habitar mas que el silencio de otro eco
sueño entonces
con manos y lirios entre sábanas que a su vez se esconden
me mastico solo
me miro la nuca, atrás del mundo
y luego la sodomizo
me estorbo me entumezco me muero y ya no me sobrevivo
No sé bailar pero quiero endulzarme las orejas bailando contigo
Contigo el que es ya no conmigo
Contigo lejos de tanta sombra y tanta luz de lámpara y sombrilla
Contigo que es con todos quienes escapan del ecuador
y el horizonte
y los polos imanes magnéticos poéticos paródicos de lo vivo
Ya estoy harto de mí y de Dios
y de vivir cosechando la borra que le crece en el ombligo
Quiero que se acabe la semana
y que me saque a bailar
a contrabajo tendido y solar
ese párpado volcánico que se guarda el infinito.
Que alguien tome su abrigo y lo cuelgue del perchero:
yo dejaré sentada a la razón
y el monstruo frustará al sinsentido
Hoy solo vamos a bailar
hasta que los pies nos den de aullidos
jueves, febrero 23, 2006
Miramientos de media semana
ésta es la playa donde silban las hamacas
la que te dije alguna que me quema en la garganta
mira bien
es éste mi desierto y mi ronquido
y también son éstas mis rebabas vestidas de serruchos
y ésta es la pared que mejor rasca los aullidos de mi espalda
(por allá las espinas lujuriosas medio dormitan
como aguardando una sed vestidita de calma)
Hay que roncar si se quiere incendiar la suerte
y dar luz al más mínimo mañana
mira
es todo terciopelo y negrura
es piel de un martes o un miércoles
mira bien
ciruela sin ganas
gacela
espuela
remedio que ardes y bramas y vuelves
regresas
olor floribundo que es también ladrillo
corteza--- cortezuela --- atraco a mano limpia
suave y dura tachuela nocturna
perfume sin muelas
Ya cavidad sin alambradas o cercas o persianas
mira
y digo mira como quien con eso dice calla-escucha
mírame jurar como si hiciera lo que me da la gana
míra el tambor sordo que acarician los orates en mitad de la semana
tambor para machacar
y percuten las hormigas pata tras pata
lienzo tras lienzo
percuten tranquilitas su camino a casa
míralos
son gritos de fiebre
pisos de mármol que se acarician sólo en viernes (huevos requeridos)
bebederos de porcelana
donde el agua dice
¿por qué no en miércoles empieza la semana?
mira un segundo
éstas no son flores de mostaza
tampoco libélulas sembrando catacumbas
tampoco el futuro empiernado con una de esas brisas que algunos dientes rebanan
Es nada más un sillón de terciopelo
un menú como el de siempre (las alhajas son raicillas de aire, bien lo sé)
y junto y encima unos ojos astronáuticos
orbitando cualquier crueldad de piloncillo
una oreja un golpe fatal
un destino asfáltico
y luego adiós
De ser mirado también todo se cansa
seguro que sí
el frío no es un trazo pendiente de cobijas
ni el miedo una verdad hambrienta que no merezca esta navaja.
miércoles, febrero 15, 2006
Shhhh
yo diástole
yo lato
latido
latencia
latente
yo como todos
yo miedo
yo miedísimo
yo diciendo cosas como "Para ego el mío"
y cagándome de la risa sin remedio
yo penumbra
yo callado
yo sin nombre
yo cagado de decir tanto yo
yo aburrido de la circunscripción y el significado
yo sin yo
ya sin rumbo
La concordancia eterna
también
el cansancio acostumbrado
desde luego
la certeza de que ese mundo que llamamos mundo es una marioneta equivocada
Lo mismo de siempre
lo mismo
el posterior silencio
la perenne incertidumbre callada y quietecita
el mañana nos vemos
el hasta luego
quién sabe
Y siempre
siempre y como siempre
un ulterior
podrido
y amado
silencio
domingo, febrero 12, 2006
Latido binario
para qué sentir frío sin morir de tanto
para qué llenar el depósito
o parar en la próxima estación de gas
o volar en vertical al sembradío donde la oscuridad es una cerca
y un subsuelo
y algo que carece de pestañas
Para qué domesticar a los muertos o a los vivos
o para qué domesticarse de las ganas
Para qué anidarse y cobijarse y hornearse bajo el ecuador de tantos látigos
o estrujarse a baño maría en los puños de la libertad
o entre los dientes exhaustos de tanto desesperanzado tan lleno de sin rumbos
Para qué asemejar
para qué darle sonido a cada aullido mascado entre el aire
Y cómo decirle meritorio de llantos
que son
pero no son
y que aunque les llamen agujas cansadasde vivir tras nuestros ojos
jamás logran expelerse desde dentro
lejos y muy afuera
cual debiesen
Vestirse de nubes a ratos
Ausentarse del futuro: Ansiarlo.
Para qué hacerse preguntas
para qué reembobinarse las neuronas
si en realidad, y claramente, no se puede
y si en realidad callando
parece que uno muerde mejor
Para qué preguntarse
para qué buscar sonidos y letras
sucediéndose, empujándose, revolviéndose a nuestro antojo
Para qué.
Describir lo delicado con nombres que pudieran empuñarse y asesinar la delicadeza
Disectar la propia oscuridad mientras se vive bajo el sol
y se rentan
cada noche
centenares de lámpares inquietas y sindicalizadas hasta la necedad
Para qué.
¿Es amar un nombre para lo que ignoramos con tanta hambre y dedicación?
¿Es no amar un bello pretexto que igual nos escupe
pulcramente
y hasta el centdo del mismo centro por el que quisimos nombrar?
Hay días en los que cada bocado de sopor me dice que sin embargo vivo
y hay noches en las que desayuno
y noches que no se esconden de nada.
Y semanas
Y suspiros
y minutos que prefiero no tatuar o evitar o ponerles nombre
para seguirlos viviendo
como pueda
como sea
no sin antes lograr
enteramente convencido
poner un punto
abandonar un otro nombre
y conducirme sin terror hasta el silencio.
