jueves, enero 15, 2009

Aventuras bajo los puentes

Para L., que viene llegando a casa a las dos y media de la mañana.

En diez minutos, debajo del puente (cantando).


Vamos a las fauces de la noche. Yo y la princesa descolorida. Su boca tremor del asfalto, y las ganas de ponerle nombre a las cosas. Un aullido, de entre la orquesta de caniches que me enturbia la cabeza, dice que es lo correcto.

Toma el callejón y guárdate el atajo. No. Mejor llévalo contigo en la cartera. Si ves un semáforo, le gruñes. Y si te topas con el fin de las vías, avísame antes de desparramar los sesos sobre la carretera.

¿En el mirador? Allá nosotros y una jauría de demonios que arrullaremos todo el camino. Ya quemé el soundtrack para este rapto, y todas las canciones tienen tu nombre.

Sí: Tu nombre. Tu verdadero nombre de princesa. El único que te conozco.

¡Ring! (dice el timbre del teléfono).

Nos vamos. Espero llegar mañana al trabajo, y espero aún más, tener cara de aventura. Ojalá me pregunten dónde anduve. Qué hice. Por qué soy así.

Yo les diré tu nombre y te culparé de todo. Pero basta ya. Estás aquí y el temblor de mis piernas me susurra que andas esperando.

Voy para allá, colibrí. Debajo del puente. Corriendo al contigo.


Contigo siempre. Hasta que nos muramos.

viernes, septiembre 12, 2008

El fin del mundo

Para todas las declaraciones de odio, amor y perdón que quedarían pendientes.

I.

El acantilado que se cierne sobre el vértice de tu pubis
y el de todo lo que más abajo llueve por temporadas.
Las laderas parietales de tu carne o tu cintura impertinente.
El prado de tu coño intenso, el altiplano del pezón adusto
o la ferroviara y mordiente carne que va de tu cabeza
a tu locura.

La calma, la lánguida, la estúpida.
El silencio innecesario.
Las marejadas de angustia que provoca el callarse por pudor.
Una tormenta de adjetivos adelantados
o una lectura magistral de cualquier pendejo.

Las horas malgastadas antes de besar la muerte,
las copas vacías
los vasos medio llenos o medio no llenos: las peores caricaturas.
El cliché. Cualquier cliché. Incluso el del nihilismo.

Porque no se puede ser nihilista viviendo en un castillo,
(con el perdón de Ciorán y los demás)
Ni tampoco es posible rezongar
cuando lo único que falta es saber dar un grito.

La falta de gritos. La tibieza.
La insulsa y falaz sensación de completud.
La también falaz preferencia por escribir "complitud" en lugar de "completud".

La nostalgia sin motivos.
Los relojes de arena que no se terminan.
Los finales malos. Los principios buenos.
Los finales muy malos con principios muy buenos.
Los finales, a secas.

Las medias horas. Las tintas indelebles.
La democracia que me causa tanta tanta
tanta
gracia.

La rima que me persigue cuando es debido.
Las ganas no resueltas de escribir un buen tango.
O -venga pues, la rima-
el dolor acidulado de revolcarse en el fango.

El horror. Lo que ocurre en la realidad, aunque sea inexplicable.
La añoranza. El echar de menos. Los extrañamientos.
Algunos momentos incómodos por el simple hecho de ser momentos.
La brutalidad. La bestia sin causa. La causa justa y que carece de bestias.

El músculo per se. La racionalidad a ultranza.
El misticismo que mejor ignora todo lo demás que no sea a sí mismo.
Un acostón sin buenos días.
Unos buenos días sin mañana.
Una mañana sin domingo.
Un domingo sin próximo domingo posible, ni siquiera entre las ganas.
Unas ganas sin siquiera
un acostón.

Vivir muerto.
Vivir medio vivo.
Vivir sobreviviendo, sin vivir hasta el carmín, hasta el ojal, hasta el ombligo.
Desvivir, así nomás.
Amarillo huevo del color de cualquier retirada inexplicable.

II.

O
no poder llorar.

Eso sí que se le parece -debo decírtelo-

Desgañitarse de insultos en un puto semáforo
para luego poder permanecer impasible ante la injusticia.
Masticarse la vida entre la burguesía juiciosa que tampoco
tiene juicio propio.

La pobreza sin noción y sin remedio.
El ocio sin banderas. Las banderas sin dueño.
Los dueños sin propiedades que no sean de humo.
El humo sin bocas que lo soplen, ni anafres que lo encaminen.

La levedad -soportable o insoportable-.
El "no ser" como única consigna.

Usar sombrero porque sí. Dejar de usarlo porque nomás no.
Apoltronarse en la vanidad reafirmatoria.
La vanidad reafirmatoria de escribir la palabra "apoltronarse".

Reafirmarse en la pereza.
Zozobrar -no- mejor la mismísima zozobra.
Un perro faldero que no sabe ladrar.
Un perro bravo atado sin remedio a una antena de televisión nacional.

Un velador sin cigarrillos.
Un cigarrillo sin boca.
Una boca sin otra boca -ni siquiera la suya, la propia-
Un castigo sin motivo y que nadie cumple.
Cumplir por puro castigo, pagar con la cara y con la boca,
desbocarse, literalmente, para luego morir.

Morder lo menos.
Ladrar lo más.
No más.


III.

Todo eso, amor desconocido amor impávido,
todo eso es nombre y apellido para el fin del mundo mío.

Todo eso, y no dios,
ni mucho menos los aceleradores de partículas que
-dichosos ladradores mordelones aseguran-
están a punto de comerse el universo entero (¿quién los viera?)

Todo eso y no Tatiana, o Camila o sus hermanas.
Todo eso y no la princesa ni tampoco las demás princesas,
ni las reinas de espadas y de corazones,
ni las múltiples asignaturas inacabadas
ni tampoco la perenne falta de cojones o la nobleza del mentir
por buena causa.

Eso. Esa oquedad.
Esa letanía de enunciados que dibujan lo mediocre.
Esa. Y todas las demás.
Las que se te ocurran ahora. Y aún más.

Eso es, verdaderamente, el fin del mundo.
Como lo es el no poder arrepentirse si se acaba mañana
por la mañana
o antes del almuerzo
o ya muy tarde, con los ánimos viejos
y toda esa carne apelmazada en los párpados.

Es el fin del mundo -dicen-
Es regodearse en lo fortuito. Es revolcarse en lo malhecho.

No poder decirlo bien.
No poder hacer en lugar de pensar.
No poder haberlo hecho, mordido,
sabido.

¿Qué nos queda si no reconocer, entonces,
lo fútil que resulta quererhaberhechootenidohuevos,
para además añadirle lo que sigue y lo que pase luego?

Pero si es el fin del mundo, carajo.
Es el momento que no tiene luegos. Es el San-Se-Acabó.
Es la ventana frente a la que no pasará más nadie.
Es la no ventana.
La nada.
El no apocalípsis y la explicación que inutiliza cualquier plegaria
y cualquier ruego.


IV.

Quisiera arrepentirme, te digo.
Poder tener lugar para ello.
Sobrevivir al agujero negro que se comerá toda la poesía escrita
y la hecha
y la vivida
y la pensada para una posteridad de lo más postrera
y que también será engullida
a la postre.

Quisiera dedicar otra palabra a este propósito
y quisiera seguir enumerando las mil formas
en las que el mundo a diario deja de ser mundo.

Pero la urgencia de las circunstancias me está jalando la pijama
con las puntas de los dedos.
Apenas vino a sugerirme que me calle.
Y a la urgencia hay que escucharla siempre,
para no terminar con los pantalones empapados
y las historias desiertas.

Dice la urgencia que mejor me calle.
Y eso hago. Y dice que te busque y que te halle,
y que te encuentre, y que te bese y que te muerda.
y que te pruebe "pero ya"
y que te engulla si es posible
y que ya pa luego es tarde.

Dice también que no hay más tiempo:
Que porque el mundo se termina, cuando menos,
el próximo martes.

O como dijo ese escritor tan "banal" pero que tanto sabes que me gusta:

"Ya está de noche". "Mejor nos regresamos":
Y es que "se está haciendo tarde".

viernes, agosto 15, 2008

Herida sin herida.

Alguna vez pensó que se trataba del aroma. Un olor que no dejaba espacio para ninguna otra cosa. Una peste suculenta. Una delicia abotargada, inmensa, hinchada de tanto espacio, henchida de tanto dolor. Dolida de tanto henchirse, hincharse, hacerse a un lado. Aunque claro: él realmente no sabía explicarlo. Y es que no sabía explicar nada. Se movía en automáico. Se sabía acostumbrado a muchos siempres.

La vida -por supuesto- no le dio tregua alguna. ¿Cuándo se ha visto que la vida -o esa abstracta ocasión a la que llamamos así- se haya conmiserado de cualquier pelagatos? Pelafustán. Pelmazo. Pelele. Tenía nombres para todas las cosas -y sin embargo- no le alcanzaban los huevos para nombrar amor al amor, o deseable a lo deseable, o cariño a lo que fuese cariño. Al menos no en público.

Transitó -sí- y tampoco hay que ser tan crueles como para no admitir que no lo hizo desapercibidamente. Dijo lo que dijo cuando tenía que decirlo -ni antes, ni después- como también sucumbió ante sus propias temblorinas: Ay, que si no quiso amar como quien ama de a de veras. Ay, que si no quiso jactarse de ello. Claro que sí. Él era tan débil y tan fuerte como cualquier artilugio.

Y pecó de pesadumbre -o lo que es lo mismo- nunca tuvo los huevos suficientes para una omelette hecha y derecha. Se pandeó para no poder. Se pudo para mejor no pandearse. Se mejoró a sí mismo -según él mismo- para no preguntarse nada más.

Y pecó de lo mismo que todos: Incapacitado para la ficción, creyó que sabía algo más que los demás. Aunque en el fondo se equivocaba: Era una más de las momias que se arremolinaban sobre el laberinto de la nada ficcional tragedia de vivir. Y por más que se esforzaba, terminó por estar tan postrado como todos los demás: Carente de una historia que decir. Atado por las ganas de contar. Cuantioso como largas eran las cuerdas que le sujetaban las muñecas contra ese viejo potro de torturas, albuminoso y seco, y que tanto y tanto le seducía, mirada tras mirada.

Es que si yo fuera, es que si yo pudiera, es que si yo supiera decir lo que no existe -se decía consternado y triste- la vida cambiaría de color.

Y sin embargo, nunca supo gran cosa. Siempre se quedó igual. Todo el tiempo fue él mismo: carente de futuros, sí, y por lo tanto engarrotado en sus presentes. Uno más de los torcidos. Uno menos que contar para el equipo de los muchos. El que nunca existe pero tampoco duerme.

No cuesta nada callarse un ratito. De verdad. Parece peor de lo que resulta, y nunca resulta nada de lo que parece. Hay que saber dormitarse las heridas -creo yo- pero mucho más importante resulta dejarse despertar por las salientes.

Buenos días a la pijama, a la hora, al reloj y a los oyentes. Antes fue un día de princesas. No más. Hoy no estoy yo, no estoy solo, no estoy más. Hoy me rindo. Hoy canto loas para los durmientes. Hoy sucumbo, no parezco, no soy, no resulto. Dormito. Y luego persisto. Y luego vuelvo a dormitar y luego

nada.

Ya te me fuiste. Ya no estás. Estás muerta. Nada va a regresarte. No puedo hacer más. Y no me puedo quejar. No puedo. No decir nada.

Callarse. Hasta no escucharte más.

Morir contigo.

Y resucitar.

jueves, julio 31, 2008

Fuera de lugar.

El verano de la ciudad no conoce dioses ni meteorólogos. Todos lo saben.
Julio aquí, es sólo un nombre. Un nombre de hombre y un nombre para un mes particularmente lluvioso.

Escucha: Hoy es el último día de Julio en esta ciudad sin nombres (para sí misma).
Y Julio (el mes), realmente se escribe con minúsculas. Aquí se le llama julio, sin mayores pleitesías. Y es que en julio llegan muchos de esos pocos viajeros que se atreven, realmente, a venir aquí. Y causa cierta ternura mirarlos caminar sobre las aceras de Reforma (esa sí con mayúsculas), enfundados en sus tecnológicas sandalias, y cubiertos de repelente solar, mientras beben temerosa y únicamente, el agua embotellada y "segura" que recomiendan sus fieles manuales turísticos.

Claro que no todos son iguales. Ni tampoco llegan todos en julio. Pero es justo en ese lapso -tan breve como inmensas son sus lluvias- cuando más y más perdidos llegan directo al corazón de esta ciudad que no conoce de misericordias, y cuando claman esa piedad que cada vez existe menos y a la que le importan poco los sombreros, las sonrisas o las buenas actitudes. Y es que, en la ciudadela de mitad de julio, llueve lo mismo y duele lo mismo y sabe a lo mismo toda aquella despojada indiferencia que significa el ser paupérrimo y olvidado. Y es más: aunque me duela admitirlo, cada vez importa menos si la miseria está empapada por las lluvias de julio, o seca y sedienta como lo está durante los calores del marzo inmisericorde. Let it be springbreak or summer vacations or holidays or whatever. El corazón hospitalariamente frágil y frágilmente falso que solía mantener viva a esta ciudad de chapopote, hoy se está muriendo lenta pero inexorablemente.

Y no es culpa de nadie en realidad, cosa que lo hace aún más triste. No es cuestión de si Marcelo o sus contrarios. Ni tampoco es cosa de los viajeros o de los habitantes. Y es que, aunque esta ciudad ha persistido viva en medio de un mundo que se muere, hoy ya se puede prever que es sólo cuestión de tiempo para que su enésimo transplante de corazón de hierro y alma de latón sucumban, finalmente, ante la seca y terca homogeneidad de eso que algunos llaman "el mundo". "Lo global". El alma imberbe y facilista de "lo cosmopolita". La condena kafkiana. El castillo. La inevitabilidad de hacerse "de la vista gorda", y sucumbir ante los estereotipos capitalizables.

Tengo 29 años viviendo -directa o indirectamente- en esta mismísima ciudad. He visto irse y volver a casi todos los que me rodean. He visto también irse a algunos para siempre: Ya por obra de la muerte, solemnísima serpiente engullidora de futuros, o por obra de la suerte o del pánico o de cualquier otro motivo siempre mejor: aventureros que hallaron el amor y la fortuna en otra parte, ascetas que están siempre bien en donde sea, escapistas que se libran de la mala fortuna con un poco de encanto, sonrisas y mucha paciencia. Les envidio -y no- a todos ellos.

Yo, afortunada o desafortunadamente, persisto en esta ciudad que vive muy a pesar de que se muere. Como todos. Permanezco. Pervivo. Recibo juicios tanto como los doy:

- Ey, güey, es que tú eres un resentido social. Te cagan todos los que se han marchado como tú nunca pudiste.

Y me callo. Y asimilo la parte verdadera tanto como destilo la ponzoña de la otra parte, más que falsa, de semejante aseveración.

- Es que cabrón, ¿cómo puedes saber tanto del mundo sin haberlo pisado nunca? ¿No te cansas de vivir el mundo a través de libros y almanaques?

Y me sigo callando. Y recibo la puñalada mordaz de esa realidad que sé que me duele tanto como me adula. Y mantengo la vista firme en mi horizonte, mío, que es igual al de todos. Porque el horizonte es fantasía. Y no sólo eso: es fantasía renovable. Se hace más grande o más distinto conforme se camina. Y, contrario a los que juzgan, yo sé que sí camino. O al menos giro el cuello y me transformo. Me sé mutable y me divierto con ello. No he estado siempre en el mismo lugar ni frente al mismo camino.

- I just don't get it, dude. How come you fucking speak english the great fucking way you do. I mean: you can even fake your own accent. Yo go from latino to new yorker to southern to jamaican to british to generic fucking asshole in no time. Hell man, you can also make all these clever ans stupid jokes as much as you can play like you're a dumb fuck that doesn't get them. Don't play fucking games with me, you fucking wanker fuckhead. I'm sure you've already gone around the block, and you're just faking it all so you can play with our fucking drunk-ass minds...


Then I could play dumb and pretend I didn't get that, but fuck man, it is a true friend with a true peda and a very logical accusation. No me puedo hacer pendejo, pero tampoco debo mentir. Y no porque me pese moralmente, sino todo lo contrario. I don't fucking know how the fuck i got this far without going anywhere. Y no me da pena tu puto dilema. I'm here. I've been here all along. I'm a sitting duck in a fucking war zone. Y no estoy orgulloso, sino todo lo contrario. I feel fucking lost. And it's not good to feel lost in the very place you've been for your entire life. ¿Entiendes?


Es julio. Es julio con minúsculas. Uno de esos meses en los que siempre llueve, todos los días. Un mes que odio y que -últimamente- se ha esmerado para que lo odie más. Quince días terribles y maravillosos. Aura y su recuerdo. Frank y su vuelta al mundo. Sam y Natalia, yo y mi trabajo abandonado. La lluvia y su recordatorio de los paraguas. Qué se yo. Todo al mismo tiempo.

Pero también, es el último día de julio. El día en el que todo se va junto con el agua sucia de los trastes y la lavadora. El día para terminar. El día para no seguir. El día para guardar silencio en mitad de la capital más ruidosa del mundo. Para escuchar su corazón de chapopote. Su corazón que agoniza. Mi corazón. El corazón de todos. Y de ninguno.

jueves, julio 10, 2008

De la lluvia y lo fortuito

Para S.I. , la cumpleañera.

Decía el gran cocodrilo
que uno se cansa de ser Dios.
Y decía
también
que uno se cansa de llover sobre mojado.
Decía entonces
luego de tanto hartazgo
que sólo existía la lluvia
lluvia
lluvia.

Y claro. No soy quién ni soy nadie.
Al menos no cualquiera que se sienta capaz de desdecir las lloviznas de los otros.

Yo soy yo y mi circunstancia
aunque también yo soy mi hambre.

Y maldigo y bendigo
y desdigo y hago míos los asuntos de otros
y las viejas y las tardes.

Soy, sencillamente, un asco de cabrón.
Un vil otro mequetrefe que hace suyas las palabras que son putas
y sí: por sobre todas las cosas, putas.
Y que no le merecen respeto a nadie.
Yo soy ese. Soy el peor.
Soy el que no sabe.

Lo malo (del asunto)
es que en este andar dispuesto
hay diez mil cosas que valen.
Vale llorar
Vale quedarse
Vale todo, de verdad, siempre que insista y que te llame.

Vale una boca de pintura
No: Vale tan solo la pintura.
Olvidémoslo todo pues aquí viene trotando la hermosura

y sin más

sin nada

No otra cosa que no sea ella misma.

La boca bella. La sonrisa. El tiempo invertido en tantas horas de pesca
para que todo
TODO
se reduzca a un par de labios
-probablemente ansiosos de cualquier cosa que sea más que simple deseo-
y que rompen como olas en el dique no verbal del infortunio.

Hola. ¿Cómo estás?
¿Cómo podría descifrarte?
¿Cuándo es que se juntan otra vez los nombres, las canciones y los delirios,
en otro once de julio, en otro lunes
o en otro martes?

Tu nombre, como tu boca, como tu tiempo:
Todos podrían decirme de tus ganas de ser amada
con la misma fragilidad que supone ser viento.

Pero yo no sucumbo. No, al menos, ante tu nombre de luna
ni ante el eclipse
ni ante el miedo.

Yo miro más allá.
Miro donde nadie ha mirado.
Miro donde ni sus tripas se lo han permitido.

Y miro mientras miras que te miran todos:
todos -siempre-
mirándote lo menos.

Lo menos importante.

Miro y miro y remiro otra vez.
Es el once de Julio de milnovecientosnoventayuno.
Con el eclipse más magnánimo que nos habrá de tocar en nuestras vidas
tu, diosa del quiénsabe, ocultas al Sol para ocultarte luego.

Y lo es. Y sucede. Y nos encontramos decenas de años después,
otro Once de Julio.
Otro día en que te eclipsas bajo el miedo,
aunque lo sepas todo.
De antemano.

Pero lo sabes.
Sabes que tu nombre
no es sólo el nombre de la luna
o del martirio.

Sabes que sabes demasiado,
y que te encuentras cansada de contarle tus historias
a quienes no entienden de alardes.

Sabes mucho.
Sabes tanto como quieres.
Quieres todo.

Y todo es sólo lo que todo significa
aunque también todo es tu piel cuando dice y dice
hasta hartarse.

¿Crees que no veo más allá de lo que veo?
Lo sé.

Lo sé todo.

¿Cómo hacerte entender...cómo explicarte?

Ocurre el amor como ocurre el eclipse.
Eclipse tácito implícito,
amor que se duerme entre los callos de lo que ya nos hizo daño.
Precaución.

Silencio.

Silencio entonces.

Silencio para ti, para vos, para nosotros.

Silencios porque entonces habría ruido.
Un ruido insoportable.

Unas ganas insalvables,
incapaces,
indómitas
e inamovibles.

Todo eso: Eso que con tu gran cerebro de 2433 centímetros cúbicos, ya sabes.

Y yo, con el mío
quizás pequeño,
también lo sé.

Demasiado peligro. Conviene resguardarse.


Y aún así te digo hola.

Te digo "quién sabe".

Te digo "luego".

Te digo "no te calles".


Porque de hablar ya estoy maltrecho y cansado y pusilánime.
Pero de ti, la cumpleañera, aún no sé nada. Y no pienso errar hasta callarme.
Y que sea, pues, lo que sea.

No hay mal que dure 100 años -eso seguro- pero, piensa: No hay bien, tampoco,
que aguante 6 -o más- tardes.


¿Vamos,
o nos quedamos?

¿Vienes, o te quedas?

martes, abril 15, 2008

Quince minutos

¿Qué sería del hombre
sin su cara de hambre?
¿Qué sería del hambre sin la herrumbre
o qué sería la herrumbre sin su olor de mandíbulas
anzuelos
y carne?

¿Qué sería del futuro sin las viejas pijamas?
¿A qué olería la franela
sin sus muelas y sus pérfidas tramas?

Algodón el anzuelo
las sirenas, las mucamas
Floriturbio el consuelo de los ecos sin ventanas
de las rimas, los hidalgos insulsos
y de todos los poetas enlodados de ambición
pero desnudos de palabras.

Ah, y la rima estúpida:
tácita frenética
súbita y esdrújula
¿Qué sería de los párrafos sin huecos
o de los huecos sin sus faltas?

Mi cama es un andamio de espejuelos donde invoco a los que muerden rabiosamente
empuñando entre las fauces ciertos colmillos que no alcanzan.

Hoy es un día de miraflores
gruñidos rengos
morenos hombres los que venden rosas a quien no las quiere
y bocas monumentales que abren camino a la alborada.

Amanece ahora mismo:
hoy es el día de mañana. Ayer.

Estertor vidrioso, canica ensimismada, recuento del abismo:
el mismo abismo
de anoche
la noche que empuja
y el hombre que insiste en que le compren unas flores:

- Ándele joven, para la reina, para la dama...-

No señor. No compro flores.
Y es que de flores me rebosan las semanas.

A mí los reinos momentáneos
y las épocas y humores:

Yo soy ayer
ahora
y mañana lo de siempre.

Yo soy hombre pues soy hambre
y soy herrumbre al final de cada hora.


Quince minutos después, te compraré unas flores.

viernes, marzo 07, 2008

Favor de no editar...publicar...toser...sobrevivir...

Si tuviera constitución sobre la que jurar
o amor que mereciera decir cualquier cosa
lo haría. Juro que lo haría.

Ya no se trata de la danza inoperante de subir hasta la ibero
y más allá.
Ya no es que importe si la avenida de los poetas
es calle o es calzada
o no es ni la una, ni la otra.

Ya no importa nada. Y nunca ha importado, si se le mira bien.


No es mi fragilidad nunca denunciada
pero siempre descrita.
Ni tampoco es la fragilidad de eso que se suele llamar el mundo
ya sea el de constituyentes esquina expansión
o el de televisa doña fe santa fe grandiosa e incongruente mierda muy operativa

Ya no importa nada. Y nada importa cuando alguien que sí importa
lo rebaja todo a un enunciado de locura
adicción
perdición y falta de finura
desprecio eterno
sangre funesta que nadie lame y que nadie quiere
pero que todos
en puestos de periódicos y locales cerrados
lamen mientras pueden y les basta el estómago.

Bah.


Imagina que ese cielo que conoces
que siempre lee y que casi siempre te respeta
un día se levanta medio ajado
oblicuo y ajeno: vaya, digamos que emputado.

E imagina que ese cielo que casi siempre te responde
te abraza y te cuida
y se te apiada
normalmente y (no, lástima jamás) casi siempre te propone
un día se levanta otra vez y otra vez
y otra vez
y a la tercera o la quincuagésima
te mata y te abandona y te dispone sin más
vieja lata de jugo júmex: Tú no perteneces aquí (flechazo al corazón)

Y ya. Luego imagínate nada.
Todo negro frente a los ojos, frente a la calma
las horas
todo
sin terminarse todo, lo demás se acaba.


¿Se podría despertar de nuevo?
Sí.
¿Hablaría nuevamente la bestia?
Seguro.

¿Volvería el mundo a ser el mundo?
Es dudable. Pero no imprescindible.


Me dejo "hacerle al hortelano"
porque es todo lo que tengo.
Escapatoria, reintegración, camino.
Camino dentro del camino.
Historia dentro de la historia.

Hace muchos (pocos) años aprendí
a no pedir perdón por mis memorias.
Y logré ser cuando lo puedo
y vivir cuando me lo deja hacer la historia.

No tengo disculpas para mí ni para nadie.
Este chapultepec me lleva hasta acutzingo
santa fe
y luego hasta el regreso que me deja ser solito
y sin vivir para la gloria.

¿Nos vamos juntos?
O no.

A quién le importa trotar
cuando a lo lejos
se ve
y casi casi
se puede lamer
cada vuelta y vuelta y vuelta
que nos lleva a dar la noria.

martes, febrero 26, 2008

Lágrimas (y más lágrimas) pal cocodrilo (1999)

Para Efraín Huerta. El más grande poeta que ha dado México.


Cielo

O nubes

O estrellas

O jardines y sus obvias flores

piel cáustica

amor y su obvia pesadumbre

Revolución.

Esa

savia y raíz de tu palabra,

cocodrilo de prodigiosa estirpe

humilde amo de tus dominios y deseos

humilde amo de la carne grieta y surco

y de sabores ominosos

alados placeres del que llamamos

hombre

esa

resultó ser tu insignia.

Sombrero en mano y corazón tiritando,

Nos inclinamos frecuentes

y solemnes

ante esos tus tan tuyos versos

y ante tu muerte

y ante esa luz vegetal y dionisiaca

que ni tu verbo engendrante logra contener

Reverencia

ante la fuerza energúmena de tus ojos extintos

iluminando el ahora

Reverencia

pues

eres tú

nombrando los lirios

o las gladiolas

o las orquídeas

Reverencia aun más irreverente:

hete nombrando los sexos y sus cordilleras de muslos

de esos que sudan siempre

huelen siempre

y saben siempre

y nombrando también las cosas suaves

y hasta la dura nada

Reverencia

tú nombrando el bronce y los duraznos

o el invierno en trolebús

de algunos días de junio

para fundir cualquier entraña dulcemente

con todos esos néctares apalabrados

y su magma-nieve delicada

Reverencia

Tus aleteos destilados

buenos tequilas de tinta

mejor que suero

catéter en la sangre

tus vivencias envidiables

Delicada la brutalidad del placer

¿Era el verano que bebías sin miedo

o la sal de tus amantes?

¿O era algún fuego forjado en la hoguera de cien mujeres

vibrando sus acordes suculentos

o el desnudo asombro frente al otro y su mirada,

los que forjaban tu precisión asimétrica

y tu plácida perfecta

y penetrante

poesía?

¿Eran las horas no adjetivadas

O esos pocos años de frío

o la barbilla inquilina de tu cara alcohólica

preferida de todos los muslos de la ciudad

o el escueto silencio del presente taciturno

y aburrido

los que visitaban tu palacio de poeta

los que esculpían tu

cardumen de palabras

los que te emergían hacedor

y te entregaban su poder y sus misterios

como una

virgen

en sagrado sacrificio

de su virtud ?

Sabrá la chingada

o chance alguna de sus hijas,

por qué para ti los vientres eran playas

y los sexos islas remotas

y las palomas sangre

vuelo

libertad aérea

desconsuelo de insulsez

y pecado de suculenta penitencia.

La cosa es que bajo ellas

la ciudad y su ruido antinatural

y su estiércol misericordioso

y hasta su grandeza tibieza y sus calles necesidad

y noches lamento empujándose

y sus orejas de frío

todas las canciones siguen aquí

aburridas

insoportables, casi

desde que te fuiste a dormir para siempre, poeta.

Si supieras

así de tan bien extinto

tan ojos de polvo

y maestro

como sigues

si supieras el placer que ha sido

Es

Somos

Cuando vamos juntitos a beber tus palabras pretéritas

Y cuando así de muerto

tan vivo

las repites necias, ebrias

e irrepetibles

y si supieras

maese

que no te acompañaron a cantar bajo la tierra

todas las arias palomas que domaban tus flores

Ay, si supieras

si subieras a beberte las que dejaste espumosas

y si me quitaras de encima tantas flores plásticas

de cantinas paradisíacas

y tantas señales tan verdaderas

y tan falsas

Ay, si supieras

si no estuvieras tramando bacanales subterráneas

Si no estuvieras cogiéndote con las raíces húmedas

del subsuelo

Quizás, maestro,

y sólo quizás

me mandarías a tus diablos asignados

para que me dejaran de abrazar con sus mentiras

y sus frases hechas

que me niegan

todavía

el camino a tus zapatos de poeta.

sábado, febrero 16, 2008

Cazador de Pétalos (II) - Fear and Loathing in Las Lomas

Para toda la amadísima gente que a diario me lo recuerda.

I.

Hay días en que me olvido de mis más firmes y anclados propósitos
Días en los que camino a lo largo de constituyentes (prostituyentes para los sabios)
o días en los que saco el clutch
con una violencia deliciosa
mientras subo y me tuerzo entre las curvas casi bosque
del chapultepec olvidado
y que entre la sombra de Virreyes o las Herraduras de metálico claqueteo
se cimbran sobre la Reforma del mediodía las sienes
que palpitan todas esas horas inconscientes malgastadas
y en las que me esfuerzo para no ser
suavemente
y otra vez
un imperturbable niño.

Hay mañanas en las que todavía creo en las hectáreas
y en los lagos monumentales
y las represas hechas pueblo y vueltas ciudad
y en los trenes hechos vagón tras vagón
de sonidos

Días donde lo majestuoso parece sabio
y la indiferencia cobra sentido entre el smog
y las papayas de polanco
que suben todas vertiginosas
como una cabalgata de frivolidad
sobre el asfalto de los tibios
(Pavimentando la ruta que lleva
hasta el corazón de la Santa Fe que empuñan los vacíos
)

Hay lugares que (estoy seguro) ya no me eran ni tumbas
ni juglares ni sueños
ni catacumbas
pero que sin frenos me devuelven hasta la calle
que seductora me hace olvidar el pudor
y me regurgita hasta arremangarme toda la decencia
que alguna vez
me mantuvo sobrio
e inofensivo

II.
Recuerdo otros días dentro de esos días
bajo los días más lentos
tranvías con rumbo silencio
donde lejos del grandioso amor hacia las autopistas
y dándole la espalda a los santos y sagrados corporativos
de la usura
florecían las ideas casi yerbamalas
yerbabuenas
yerbabestias yerbasangres y yerbafrentas
y me recordaban todo lo náufrago que soy
cuando absorto piso el acelerador
que me sumerge
nuevamente
en las campiñas del hastío.

Existen tormentas que siempre escampan
y ocurren temblores cuando no hay frío
Hay mujeres, también.
Y hay mañanas.
Y además hay horrores que se apilan entre hermanas
y entre hombres
como hay siluetas que no se rompen
por muy encapuchadas
fantasmagóricas
o esdrújulas tramposas se dejen caer
suicidas
a cada lado del camino.

III.
¿Cuándo es que borré la certeza microscópica
que me cantaba tremebunda
y día a día

que no hay Hombre sino hay hombres,
y no hay Tiempo si no hay también algunos grillos?

¿A qué hora se me filtró entre la cal
y entre las piedras
una vez más
esa plumífera oquedad
persistente y emputecida
en la que no hay pétalos sino destinos
llenos de prados
y de estadios abarrotados
y de terrenos grandiosos como
nubes de flores que se pesan
peso sobre peso
oro granito
que quisiera ser arena
y que se cuentan cual riqueza
según las notas de los míos?

¿Cómo es que olvidé mi razón de buscar
la llave mayor de mi delirio
la sombra,
la mierda,
el tesoro del sinnombre:
significado mismo de mi endeble cacería?

¿Cuándo se me escondieron
otra vez
los pétalos
y cuándo me volví a erigir en un salvaje
rastreador de motivos?

IV.
Hoy no es de día, ni esta mañana es la noche de otras vidas.
Hoy no ando buscando, ni acelero,
ni me conduzco por otro rumbo
que el que tengo aquí conmigo.

Hoy no es Constituyentes,
ni prostituyentes,
ni es miércoles de ceniza
o la semana del martirio.

Hoy soy
otra vez
un cazador de pétalos.

Y cada pétalo que pasa me deja en paz al perseguirle
y me permite vuelta
y vuelta
otra vez
y otra
cada una
un segundo de piedad
para detonarle encima
esta calma tan resuelta
de las dos de la mañana

La del sin rumbo
la sin espera
y que siempre entona y se derrumba
con un sólo y mágico

suspiro.

martes, febrero 12, 2008

Padre Muerto que estás en el Suelo...

Y que sea lo que sea, papá....

I.

Y si te estrecho
y te tomo por el vientre
la mano alargada y enorme
los dedos blandiéndose como espadas

Y si te aprieto como si fueras carne rota
y te jalo hacia mí
como si te importara
Con fuerza. Con una fuerza inimaginable.

Tus muslos necios sobre mis ganas
pantorrillas domésticas cayendo
muy lentas
sobre mis ancas. Ancas de rana.
Ranas en azcuas.
Aguas de nada.


Tú nada más sucediendo
salvaje y estúpida como las horas
que suceden
a la calma

Tenue, súbita, terrorífica la ausencia
y el dolor y el placer
y las noches que se acumulan luego de tanta rabia

Sabiéndonos sin nombre habríamos de caer
y caer
indómitos sin alma.

II.

Qué mas da creerse dios
si desmembrados nos sabemos
carentes de cara.

Hoy llamo ocho a los años
desde que te marchaste sin aviso de ruptura.

Estoy seguro que tendríamos mucho de lo que hablar
cual García Lorca y su hortelano, Ramon Sijé
nos besaríamos la frente y nos tomaríamos las manos
inertes
sin reparo.


Y sé que te gustaría verme manejar
pata en clutch
dedos acelerándonos las mañanas:
como buen taxista y junto a ti
el ti que está vivo
y como tú,
como tu lira manifiesta y tus voz sin parábolas
te escurrirías conmigo en esos 20 minutos entre el Santa Fe que no conoces
y las calles de nuestras mañanas.

Y los corredores que deja entrever constituyentes
a las siete de la tarde lo harían posible:
Tú y yo nos escaparíamos mano a mano
cómplices como nunca.

Tú y yo sin más nada.
Absurdos y perplejos bautismales
dueños de toda la semana.
Juntos.

Pero estás más muerto que mis trampas.
Ya no te encuentras.
Ya te marchaste.

Da lo mismo el aniversario
o el tiempo
o las noches sin sombra:

Da lo mismo si te extraño o si te reto.
Si te rompes o te fraguas.

Hoy ya no me encuentro,
por más que me llamo, por más que me tratas.

Estoy ido. Ido de mí.

Carente de nosotros y de todas las ámpulas.

Muerto es muerto -me dices sin decir-
y muertas están las cobijas y las sábanas.

Hasta la vista sombra.
Arrivederci manda:

No somos nada sin nosotros.
No somos nada

sin la nada.

III.

¿Has visto tantas paradojas juntas?
¿Tantas paradojas pendejas?
¿Tantas paradejas?

Yo nunca.
O nunca desde antes de ti.

Y como antes de ti no había nada, entonces nunca.
Entonces nada.

Que cante García Lorca. Que no se guarde nada.


Los negros seguirán siendo negros.
Los puentes siempre alcanzan a ser vértice y semana.


Estamos solos, papá.
Aun cuando juntos.

Y rotos los pocos, los otros, los nosotros
acaecemos insulsos
absurdos
enjutos,

masticándonos con calma.

viernes, enero 18, 2008

Vectorial (la mentira de dios)

Calcula sin calcular la fuerza de aquello que quieres decir, o de aquella a quien quieres amar. O de tu amor, tu amor mismo, y no la de sus repercusiones o la de las tragedias que se le superponen al deber, a la decisión, al acto mismo de tu mal o bien amar.

Calcula y traza sobre el plano ese punto, y añádele una fuerza y un norte, una guía, una dirección digna de un linyera sin rumbo. Acude a tus entrañas y ponle nombre, ponle destino y ponle -luego- punto final.

Regresa entonces a tu verdad de fantasma sin rumbo. Sin rumbo fijo. Y sin piedad quiébrate bajo lo implacable que resulta, sin embargo, el poder de esa fuerza y de esa impronta primigenia. La que te lleva a escribir sobre la hoja en blanco o sobre la cuadrícula. La que te hace pensar en imágenes o en ecuaciones. La que te hace amasar un destino donde no lo hay, y sin embargo abrazar con toda honestidad esa ficción que te cobija en mitad del invierno tropical de tu ciudad sin nieve, en donde todo lo gélido eres tú (y si no eres tú es tu falta de rumbo).

Claudica a todo propósito. Asúmete mortal, pero mortal mañana y no "algún día". Redúcete a la vida de un mosquito o una cucaracha con problemas inmunológicos. Resuelve la duda sobre cuándo morirás con la simple asunción de que será en los próximos 15 minutos, o en los que les sobrevengan a esos, o en los que sigan. Luego dobla muy bien tu armadura de estornudos de seda, y de alas de mosca, y de tiempos sin labrar, y guárdala en el cajón que guardas también en el cajón donde has puesto todas las cosas que ya no te sirven, y que has perdido tantas veces como neciamente has ido a buscarles. Recoge tu tendedero de terror y tira esa ropa limpia que te pones cuando prefieres ser un cobarde. Y luego tira los dados y dale un sorbo a la cerveza. Una calada más y -si te apetece- ún tiro pequeño pero lleno de pundonor: Desnúdate los pies -y lo demás que puedas- sobre el camino que no lleva a ningún lado: tu camino. Y abraza el botellín y acércate el cenicero que reposa junto a tu congruencia. Resopla y enorgullécete de esos callos que aún descalzo te permiten transitar. Y luego transita, lentamente como cae un árbol.

Habrás de replegarte y sucumbir mucho más que tres veces antes del alba. Pues al lado tuyo no hay un cristo ni tampoco te interesa salvar el mundo, ni a los hombres, ni mucho menos tu endeble y germinal pedazo de alma. No eres Pedro ni eres pescador. No montarás un negocio mayor que una tormenta, ni en tus manos se fraguara una iglesia que se conciba por el poder de un donativo o una insurgencia ficcional que te asegure ser jerarca. Vas a cagar tus pantalones muchas más noches que sólo la de hoy, o la de ayer, o la de mañana. Y no escribirás, ni de lejos, algo parecido a un evangelio, o algún cómic nuevo acerca de otro supermán capaz de ponerle nombre a lo que tienes que hacer tú, o tu madre, o tu hermana. Toma los remos y rema, Rómulo. Remo tras remo, hasta llegar a Roma. Donde lo único cierto es que sí: habrás de ser crucificado aunque muy probablemente no resucitarás. Y clavo por clavo empuñarás el martillo y te darás con saña hasta que se te acaben los pies y las manos. Y aun entonces dudarás acerca del destino y de tus muelas. Y quizás después te duermas, prosigas o te acabes.

Pero despertarás, o te quedarás quieto, o continuarás siendo. Da igual. En algún punto montado sobre esa fuerza y en dirección hacia la falacia que te hayas contado de antemano, querrás decir "sooo" o querrás jalar las riendas, o querras bajarte y dejar de cabalgar hacia ninguna parte. Luego, tras beber un poco de agua, o de vino, o de ausencias y de larvas, te preguntarás si ese lugar es rumbo, y si de veras el horizonte se alcanza. Entregarás la pluma y el cuaderno. Guardarás quizá el mejor de tus silencios y luego -ante ti mismo- depondrás las armas.

Quién sabe si te quede o no te quede tiempo. Quién sabe si el camino no habrá desmerecido tus ganas. Cinco minutos antes del fin del mundo, o quizás cien historias antes de no ser nada, te declararás enamorado del trayecto y asumirás la posición compasiva del que perdiendo la vida no ha perdido nada. Te reirás un segundo de ti mismo, y quizás un poco después extrañes a quienes no estuvieron allí, o a los que se fueron temprano y sin avisarte como tú no avisarás más nada. una lágrima más, una lágrima menos, te llegará el alba.

Y con el alba abrazarás el frío, en algún punto del vector pendular y desquiciado en el que habrás convertido tu marcha. Lejos de un lugar, sitiado en la utopía más dulce y más cierta y más triste y más fina, cerrarás el bolígrafo mientras estiras las palmas.


Y luego, quizás, te llegue la calma.

jueves, diciembre 20, 2007

Agujetas que me prestó una hermana....

Rasgas el velo del terror y
desanudas las piernas.

Corres
a la caza de besos y
versos,

te llenas de vida,

te ves a lo lejos,

ya casi te alcanzas
y das pasos tan largos como tus gritos.
Aullido.
Mansedumbre.
Fiebre pertinente de cualquier mañana.

***

Pisa el pie izquierdo la agujeta del derecho
tropiezas
oruga del miedo
asco precocido como una cama de arroz barato
imbatible (no se bate)
inasible (no se asa, no se fríe, no se pega).

Eructas.

Resurrección de avellanas
o de almejas

Vives
nuevamente
bajo los pechos
bajo la niebla que respinga
bajo el ardor de cada pezón
de cada recuadro
y también de cada una
de esas -ellas-
alpargatas.

***
Almidón en las mangas:
una camisa sin rayas, sin arrugas, sin franjas.
No hay perseguidor y no hay camino:
tu cuerpo es prestado
y sus tetas son cosa de ella.

Ay. El dolor. El amor. Los gritos.

Escribes mejor cuando acabas pronto.
¿Qué ironía, no?

Un poema debiera ser
inversamente proporcional
a un amante.


Si termina pronto, acaba bien
-uno-
y mientras más persista
-el otro-
menos habrá de desvanecerse
y se hara imposible el escapar de los gruñidos
ode las ganas.

***

Rasgas el velo del aullido
la cal de la mañana
el eco de unos dientes que chocan entre sí
y que luego se acompañan
hasta el frente:

La guerra empieza y tú,
tú no eres guerra ni eres nada.

Buenos días, terror.
Buenas noches, mañana.

Te esperamos equívocos y muertos.
Aunque -la verdad-
no te esperábamos ni entre la media madrugada.

Cuando ya no haya ventanas
estarás bien muerto.
Mañana. Pasado mañana.
En el después de nuestros nuncas.
En el vaivén de las semanas.


No más.
No más angustia.
Mira esa niña que cruza la avenida
el callejón
y la mitad de la ensoñanza.

Mírala bien.
Hoy sus piernas ínfimas no regresan.

Ni tampoco su boca de almizcle,
cal, gis,
carbón que luego es tinte,
sal, fin
imprudencia para un día 15
carne de lo gris, vida de lo simple.

***

Nada.
Nada de eso volverá
nada de eso nos oprime
bajo el velo -ese velo-
rasgado de añoranzas.


Imagínate.
Imagínate,

querida hermana.

Basta.

Esta noche me levanto en herbácea revolución.
Esta noche lo afirmo, sin problemas:

Ese terror no es mío
aunque hacia mí siempre se dirija.

Revuelta
un nombre para la patria
y una patria para los sentidos:

En cada corazón que me importa
siempre resuena ese estallido
terrorismo vulgar
mareo insípido para justificar la no-historia:
Carajo, ¿qué nadie entiende que no me importa?

Hemingway tiene muchos años de muerto
yo no, yo estoy vivo
yo respiro y espero con dulzura retacarme de quien pueda:
Ya no quiero pavor o impaciencia
ya me enferman el pánico y la precaución.

En días como este
sólo espero algún aroma
o algún segundo

Mientras luego desespero
tejido o alado
cruz o mansedumbre
a que me besen y me callen
los inmundos
los guardados.

Y que vivir se manifieste en otra parte
y que esa parte nos describa y nos retenga
para después ser retenidos
pero juntos.

Sosiegos los mancebos
eternos los profundos.

Deja tu pánico en la puerta
y descuartízame este mundo.

Estoy cansado de esperar.
Pues de esperar
ya me confundo.

viernes, diciembre 07, 2007

Atrevimientos

I.

Con el perdón de los más patéticos inquisidores
me permito respirar.

Inhalar, exhalar.
Mantener las comas y los puntos
muy a pesar de que malbaraten
sabandijen
revoltijen y putifeyen las palabras
(a ellas y a sus cositas).

Será porque pa mí todas ellas son putas
-aunque no prescindibles-
pero putas, em, sí,
aunque putas gloriosas
pero putas
aunque putas. Da igual.

Ay de mis amadas putitas de charol
ay de mis recién boleadas.
¿Qué será de los brillantes espejismos?
¿Quién será el que glorifique
y signifique
a estos recién nombrados prolijos?

(Y luego quién sabrá nombrar a los cochinos primigenios, qué se yo)


Vengan pues
las lustrosas ilustradas:
y que vengan también los silencios
y las manadas.

El ruido sólo es ruido cuando aturde.

(Mientras tanto pudiera ser sinfonía
plegaria, o simple lumbre. Da igual.)


II.

Hoy no tengo miedo de nada
-y es curioso- porque siempre guardo alguno
por si hace falta.

Mas hoy no.
Hoy las olas son olas otra vez.
Y aunque me extrañe lo mismo que antes me extrañaba
sigo siendo el perpetuo disparate
que desde mucho antes
antes del frío y de los balcones herrumbrosos
me aquejaba.

Hoy no guardo caminos en los bolsillos
ni paisajes entre las cartas.

Hoy soy desnudamente inútil.
Y además
me apetece decirlo:
Pues mirarte, debo decir,
Mirarte tan mayúsculo
(y tan minúsculo)
así de frágil como miro el mundo
es para lo único
que me alcanza
esta tirada.

No tengo más puntos y aparte (punto y aparte).

Soy aquí tanto como soy difuminado.
Soy pura niebla, vida mía.

Soy la rebaba en la esquina
de cierto aluminio de cierta fragua
de cierto fuego
de cierto leño que quizás
algun sueño
ha dejado.

Soy volátil
como el alcohol y las costumbres
y errático
como el reloj y la supuesta mansedumbre.

Soy un lunático. Venga ya.
Tan prescindible como las cuentas y sus contadores.
No pago impuestos por cada miedo
ni soy filántropo capaz de donar
toda mi incertidumbre.

Soy lo ninguno, lo uno, lo necio.
-aunque sin ti- (sin ti)
al igual que contigo
-así nomás, porque sí-
me da por hacerme el que soy mucho
y el guarda luciérnagas en las bolsas
y el que alumbra lo que mira -si tú lo miras-
o si lo desmiras.

O yo qué sé.


III.

Todo a tiempo.
Buen precio.
Grande pues grande
como también la extensión
que prometía la madrugada.

Como el Ron a deshoras podría ser pastor
suave y terso rito para bautizar la calma.

Pero no.
Una voz tras el plástico
un sonido tras las ganas:
Heme aquí como un grito falaz
pero también infinito.


- Hola
- Hola, cabrón.
- ¿Quién eres?
- Soy yo (el de siempre). Y tú eres largo como tus ansias.
- Sí que soy yo, ¿cómo estás?
- Igual. El mismo. El distinto. ¿Y tú?
- Así mismo.


IV.

Mirarse siempre sirve.
Así dispensamos nuestros bolsillos
y dejamos salir de las entrañas las pestes
y las cucarachas.

Mirarse de lejos sirve mejor.
Y así el mundo corre
falto de aliento y en pleno desasosiego
y cada vez es más fácil
hacerse de un lejos y de un menos
y de un cerca y de un mejor pactar.

Tregua contra el mí mismo.
Permiso contra el ahorro,
garantía para el futuro,
retrato de la siguiente imbecilidad.


No hay zoológico de perros que
de sólo nombrarles
nos hagan menos pendejos.

Estamos
-en total sinremedio-
Encadenados
Sin más
al nosotros mismos.


V.

Pero eso sí:
La introducción debe ser siempre introducción.
Tentempié (nada de postre)
-tal vez fácil-
pero siempre
(siempre) suculenta.

Ya basta de enamorarnos a nosotros mismos
todo el tiempo y en perpetua esclavitud de nuestros antojos.

Concluir no es caricia
y mirar por mirar no cuesta nada.
Miremos.
Soñemos.
Cerremos los ojos.

Mirar dentro siempre sirve.
Y mirar fuera siempre duele
-aunque nos sirva, nos aturda, nos consuele-
ya de mucho
o ya de nada.

Aquí mejor nada.
Aquí arrullo.
Acá colchón de franela
Allá vértice y vórtice de los pájaros añejos.
Más allá la tormenta de insectos,
el aullido de nombres

Y
tras bambalinas:
las Palabras.
-meretrices-
nos consuelan.


Y aunque en el tránsito de amarlas nos perdemos
y aunque los peros hagan aunques
y aunque los aunques hagan peros
Aquí nomás nos arropamos.
Nos envidiamos.
Nos tenemos.

Todo para que luego
sin permiso
ni nada
todos -pero (aunque) más bien cada uno-
nos volvamos polvo.

Pues polvo somos
y en polvo
-me temo y
no me temo-

acabaremos.

jueves, noviembre 22, 2007

Carnalicemos, si quieres. Pero pronto.

¿A poco no lo ves?
Ay, hermanito.
Deja de esconderte detrás de tu rabia.

Pues por muy ancha que la logres dibujar
yo sé que sólo es rabia
y que yo no soy su destino.

Entonces rómpela.

Despuntemos, amigo mío:
No te olvides que no hay nada tras de la muerte
Y que tampoco hay una puta mierda
detras de lo que todos -decimos que- vamos somos comemos hacemos
que no sea eso
muerte pura y lúbrica
Muerte que se quiere muerte.


Déjame llevarte de la mano, ¿vale?
Te juro que no quiero introducirte otra cosa que no sea el motivo de toda insatisfacción.

No pretendo convencerte de nada.
Para ti -como para mí-
ya no hay salvación amortizable.

Quedan sólo algunas caras
algunos tiempos
algunas palabras
y nada más.

Y los supuestos enemigos son tan prescindibles como el aroma de las cloacas
el vapor de 10 segundos a 140 kilómetros por hora
por el viaducto.
Lo mismo que nada.

Así que venga:
labremos algo que cuando menos nos satisfaga a nosotros.
De una vez: seamos lo mismo que todos los inocentes que vivieron y especularon
antes de la era sintética absurda y digital
en la que nos tocó vivir.

Llamemos una buen chaqueta
despertemos ciertos de lo que no queremos vivir
en lugar de pretender lo que sí.

Discurramos, carnal.
Pues la canción no miente
y las princesas siguen intactas:
A pesar de que lo cierto
sólo es
que el mundo
se va a acabar...

sábado, noviembre 17, 2007

Orden número 5.

Levántate, puto de mierda. Levántate y anda. Anda y levántate. Jódete como todos. Hazte valer a dentelladas. Anda. Anda y levántate. Persevera y luego cállate. Ya no tienes tiempo ni ganas ni sabes cuándo ni cómo. Ya se te fue la hora, el día. La mañana y el hartazgo comfortable de seguir y no ser nadie que no sepa callarse. Ya te jodiste, man. Y ya valiste madres, man. Y pa valer madres hay que saber con quien, man. *** Permanece. Perpetúate. Consigue. hoy viste la cara enorme de María, cimbrándose junto con el viento. Ya se te había olvidado, claro. Ya no recordabas por qué te parecía tan hermosa y tan endeble. Ya no sabías nada. *** ¿Viste? ¿Viste esos ojos? Claro que los viste. Y por eso sabes mejor callar. ¿Qué lindo, no? ¿Qué hermoso es ver a la gente estremecerse, no crees? ***

La santa paz.

¿qué bien, no?
¿qué bonito se siente, no creen?

Cuando las sierpes hierven y van de vuelta
tranquilitas y disciplinadas
calladitas, sin saber decir nada:

Derechito hasta el herpentario.

(serpentario, cagadero: da lo mismo el nombre)


¿Qué bonito, no?
¿Qué bien se siente, no creen?


El mundo deja de hacer ruido

y las sangijuelitas todas toman su lugar.

Hasta parece canción de Cri-cri.


Ufff.
Qué enorme enormísimo cachito de placer.

Y no nomás para ellas (las sanguijuelitas): Y mejor aclárenselo:

Para todos.
Ay, los cachitos de bienestar,
ay, los pedacitos de amor,
qué más da.

Todo va tranquilo mientras
alguien más
le cuenta y le sigue contando
ese "Pedro y el Lobo" tan cabrón
y que tanto le duele al (supuesto) hijo del
gran padrote.

Don Padrotón, (ay, que lindo él, jaja).


Y él,
que va de chulo por la vida,
no tiene más que decir:

Un par de disculpitas retardadas.
Un mucho cacho de silencio bien otorgador.

Gracias, pusilánime:

Tu supuesta civilidad me hizo la semana.



Gracias.
De verdad:
Escribes tan bien como mierdero resultas.
Aunque no sea tu culpa.

Tu sigue hablando de "los perros, los perros".
Y de paso cuéntanos sobre los alfileres
y sus mutuas dialécticas.


Lástima. Así es la vida.

Bukowski seguro era puto. Y Kerouak un pendejo más.
También Tom Waits y los demás.
Nadie pa tu altura ¿recuerdas?

Claro. Lo recuerdas bien.

Y por eso entrenaste a tu ejército de hormiguitas verdes.

¡Qué lindas! ¡Qué fuertes!


Padrotín de mi vida: Ojalá te duren.

Mientras, se acurrucan. (¡Qué lindo!)


¿Qué más se puede hacer?


Nadita de nada.

Ahí van todos a joderse.


Al cabo su destino se sigue nombrando muy lejos de aquí.
Y por más que le aplaudan, él sabe bien hasta dónde le alcanza.
Hasta los párpados de su hijo:
el más olvidado.

Que le dé:
Un poquito más.

Apenitas más allá.
Tantito.


Ay, padrotito, chulito:

Síguenos divirtiendo.


Ándale.
Al cabo para eso estás, y no te alcanza pa ninguna otra cosa.

Y cuando nos canses,
pues nomás te cambiamos.

Mientras,
acá te esperamos tranquilos.
A ti, y a tu sanguijuelita.
A quien sea.
Da igual la mierda si sabe a mierda (¿no crees?)



Y las que vengan, m'ijo.


Tamos listos. A diferencia de ti.


Acá nos asimos a nuestros huevos.

(Y no lloriqueamos por nuestros hijos que no nos importan)

¡Qué diferencia! ¿No crees?

Jeje.

Cinismo. Bendito tesoro.





Ya lo quisieras para un rato.
Agasájate.



Mientras puedas.

martes, noviembre 06, 2007

Flores para el futuro (como versos para las prosas)

Pero quién dijo que en un autobús no puede sentarse el amor, con todo y que la ruta vaya desde Xola hasta la Voca 4. O que un ángel de piernas largas y mirada antojadiza no podría apabullar el aire viciado que dejan normalmente esos maletines de cuero y esas mochilas de poliuretano compuesto -destino manifiesto y pendejibundo- mientras vamos todos bobos respirándolo -esquina bajan, sube sube- y el cuento de un adolescente enfurruñado en su parsimonia pasionaria deja de ser el de diario, y logra convertirse en las nalgas y los ojos de cualquier Afrodita Pérez.

¿Quién dijo que desear tiene nombre de algo?. ¿Quién se atrevió?.

Es más, participemos de la democracia, propongamos los caminos del "cambio":

Señor Presidente: Conmino a que fusile usted, irrevocablemente, a todos los traidores a la patria que se han atrevido a convertir esa dulzura de algunos ojos, piernas, o ciertas e indómitas tetas, en el anuncio espectacular que se nos vuelca encima, violento y conspirador, cada una de las veces en las que este trolebús aprieta el paso mientras transgrede la esquina de Eje Central y Pajaritos. Señor Presidente: Eje Central y Pajaritos es una paráfrasis de Adán y Eva. Señor: En Eje Central y Pajaritos ha sido construida no sólo la patria, sino también la humanidad entera. Señor.


Por supuesto que todo ha sido fútil como un resuello en carnes de quimera. El señor presidente ya no es ni siquiera digno de mayúsculas, o menos aún de metáforas para la displiscencia y el fervor patrio de algunos contados traidores. El señor no está en el edificio: En su lugar hay una máquina contestadora con memoria ilimitada:

El número que usted marcó no explica el infinito. No hace falta notificarlo a Don Carlos Slim, ni tampoco al 040. Reubíquese en su tenue grisaciedad, y si puede, márquelo más tarde.


Argh, señores. ¿Dónde ha quedado el traje enjutísimo de la improbable coincidencia que montó en el trolebús ayer por la tarde? ¿Qué se puede hacer contra la distracción de todos aquellos que no se percataron de sus labios iracundos o de sus ganas tan dispuestas a bajarse apenas un tercio de paradas después? ¿Quién le hará justicia al hormonal hidalgo que -sin ser dechado de esa única hermosura que miró abordar el ultrabús y que opacaba a nuestro lábaro patrio- luego logró atreverse, a pesar su vértigo, a escribirle seisiete líneas sobre algún cacho de sus apuntes de cálculo diferencial, y que además logró dárselos -valientemente- a quien nunca habría de volver a mirar en sus días subsecuentes?


Es que déjenme les cuento:

Me atrevo a contar esto, señor presidente, (señoritos sus lacayos, innombrables sus demás) porque esa tarde yo trepé inconsistentemente, y fuera de mi norma, a las alturas de ese escueto microbús y decidí sentarme justo al final de sus asientos. En la parte de atrás, vaya. Y lo hice en la mera esquina que hacen Eje Central y Pajaritos. En ese mismo lugar donde arriba de nuestras cabezas, se aposentaba prodigioso un enorme anuncio de lencería norteamericana, y una muchacha de carnes escuetas se mordía el labio inferior mientras mirando a la cámara acompañaba algún eslogan de cuyo nombre no quiero acordarme.

Ahí -lo juro, señor presidente- apoyado sobre la suave vibración que sólo el motor de un autobús-trolebús-microbús es capaz de producir, junto a la norma ficcional del estallido que producían los pistones de una maquinaria digna de esta falacia, fui testigo de aquel acto de bravura por el que antes he pedido el indulto de algunos y el fusilamiento de otros.

Pues es que yo también miré al ángel que, muchas paradas más tarde, subió las dos-cuatro escaleras de aquella máquina casi ficticia, y que luego sacó un par de monedas de los bolsillos que colgaban discretamente en las laderas de su suéter de bailarina. Yo la vi pagar su peaje con una distracción digna de la niebla, y seguí las trayectorias de sus ojos mientras se condujo desde el principio de aquel automóvil, hasta al primer asiento en el que recobró su concentración de pluma, y luego se dejó caer sobre el asiento plástico, para entonces volver a ensimismarse.

Vi sus piernas largas como los mismos tubos, paralelos a su desfile, y que son también aquellos a los que se aferran un millar de ciudadanos totalmente prescindibles cuando en esta misma ruta son las 7 y no las 11 de alguna mañana. Y vi sus ojos grises, enormes centellas, rines no cromados pero de talla 24, y que al mismo tiempo que me deslumbraban sin remedio, parecían mirar nada.

Le vi pagar, le vi moverse, le vi andar bajo el suéter y bajo el debajo de ese suéter miré lo que me pareció ser su carne vibrafónica. La vi encontrar un sitio y darse la vuelta. Le miré el culo áureo y gótico, apenas por un instante, y a sabiendas de que había un pequeño muchacho que también la había vislumbrado desde su apoteótica entrada, pero que no gozaba de semejante perspectiva Mozartiana, dejé de mirar. Mas luego seguí mirando sus infinitas nalgas de diosa, a pesar de que tal momento fuese un infinito que, sin embargo, no duró más que los cuatro segundos en que ella cuasidespertó y decidió sentarse frente a mi sitio, en un espacio libre donde no había nadie.

Y luego la vi reposar su cabeza frente a la ventana acrílica y pegajosa donde antes se leía entre ralladuras algo que parecía decir "Ska lives forever". Para luego volver a dormir despierta, en ese sueño de ángeles que sólo los ángeles comprenden como ángeles. El sueño que no dice nada pero bendice todas las cosas. El enfoque hacia el vacío, la verdadera distracción -que es absoluta- y que apaga de una sentada todos los ruidos del mundo.

El seminiño miró un par de veces atrás, con un descaro tal que las costumbres victorianas lo hubiesen condenado a una inmediata decapitación. Miró, y miró, y miró nuevamente. Y mientras miraba cada vez más, lo hacía más tranquilamente. Pues sabía que aquella visión no le estaba escrutinando, y que todo lo que aquellos ojos veían reposaba más allá de la más enorme distracción, y que aquel ángel no podía mirarlo de vuelta. O al menos no entonces.

Luego vi al niño dudar un momento, aunque ese momento fuese escaso como los que a estas alturas de mi propia vida se ganan la categoría de "momentos". Fue casi un instante, un relámpago de seguridad y entereza. Un llamado a su propio deber y a su hambre visceral y poética. Y entonces sacó un cuaderno de su solapa, y sin mirarlo, arrancó un pedazo de alguna de las hojas que de él se desprendían. Un pedazo mínimo, quizás. Un rectángulo de ganas que parecían adivinar el preciso segundo en que ella se despertaría de su letargo mágico, y procedería a bajar del autobús, y luego desaparecer para siempre.

Y muy de repente lo vi escribir. No sé qué cosa, no sé qué tanto. Pero escribió en aquella migaja de papel como si supiera exactamente cuántas palabras cabrían en ella. Escribió sobre ella, o para ella, o en función de ella, eso lo sé. Pues al ángel le vigilaba lobeznamente, es decir, entre pequeños volteos de su cuello germinal, mientras escribia aquello que no pude ver, pero que nunca perdió soltura o simetría tipográfica. Y mientras volteaba, decía. Y mientras veía, contaba. Luego terminó su pequeño relato, o poema, o quién sabe qué cosa. Y entonces fue cuando entendí que era un niño. Engrandecido, ensimismado, perplejo de tanta belleza, pero niño de cualquier manera. Y es que dobló su regalo en cuatro partes, y luego se aferró a él con fuerza, mientras sus ojos sudaban un clarísimo pavor que sólo los niños destilan cuando se encuentran frente a las encrucijadas que sólo ellos se construyen en su aventura cotidiana.

Y lo miré dudar, y dudar, y dudar. Y aunqué fuese sólo un instante, tan pequeño como el último, ese sí que fue un instante de adulto. Un momento de pánico y confrontación de la propia duda. Enlongado hasta lo imposible, estirado hasta el hartazgo, pero culminado, por ese mismo niño, con un acto de bravura inimaginable. Así escribió con letras tenues lo que parecían ser números (quizás telefónicos), en la orilla del papel. Y luego espero a que el trenecillo contaminante acabase de frenar. Ella ya estaba de pie. Despierta pero igual de hermosa. Tocando el botón rojo que haría sonar aquel timbre. El mismo que señalaba su eterna desaparición.

Y entonces él se levanto. Pequeño, más pequeño que ella, pero tan resuelto y obstinado que parecía un hombre. Un escudero voraz y valiente. Un pequeño niño lleno de bravura. Ella no pensó que se disponía a entregarle una nota tan importante, sino que supuso que también allí era donde este pequeño niño se bajaría hacia su destino. Luego él la miró implacable, hasta el mismo núcleo de los ojos, y le dijo: "Ten, toma".

Ella tomó el pedazo de papel automáticamente, mientras las puertas se abrían y su trayecto continuaba siendo el mismo. El terminó su acto de coraje, y tras media vuelta empezó a caminar hacia su asiento. Ella se apeó y el semáforo, entonces, hizo lo suyo.

Y esto sólo yo pude verlo. Ya bien abajo del camión, ella desdobló el papel. Y no sé lo que el papel diría, pero sin duda era un piropo por demás maravilloso. Ella sonrió irremediablemente con cada palabra, y luego miró hacia el autobús como buscando lo que sus ojos de sueño no habían querido ver. Él, reafirmado por el semáforo en rojo, la miraba desde una esquina inescrutable, y en cuanto vio su sonrisa comenzó a acercarse hacia la puerta. Luego, en ese segundo, largo como años y volátil como todo lo puro, ella terminó ese pequeño poema (relato, qué se yo), y besó el papel y miró hacia sus ojos, y encontrando a su pequeño autor, que mientras tanto ya estaba mirándola fijamente, hizo un ademán hermoso y que parecía ser un saludo y un adiós.

Entonces fue cuando ese par de pares de miradas, condenadas al olvido, se encontraron en una milésima que para mí fue eterna, pues aunque él, el niño, estiró su mano como para pedir su bajada, el semáforo volvió a jugar su parte y arrancó las ruedas con la normal violencia de cualquier transporte público del mundo. Y el transporte echó a andar para que luego él, extrañamente, lo comprendiera todo en seguida. Regresó a su asiento, con una sonrisa extrañísima en la cara, y -sin saberlo- me dio la espalda de nuevo.

A ella tampoco la volví a ver de frente. No supe si encontró los números que él dejó enjutos en una esquina tímida y esperanzada de aquel papel. Y como de él no volví a ver otra cosa que su espalda, su pelo largo, y el extraño sayal con el que se cubría de esa tarde friolenta y malhumorada, yo sencillamente me levanté dos cuadras después, en la parada de Constituyentes y Juanacatlán, para luego bajar raudo de aquel móvil sitio y de toda esta historia.
Luego vi el mercado de las flores a mi derecha, y el camino a casa a mi izquierda. Paré un momento y caminé entre los aromas. Recuerdo que compré un ramo de nardos y crisantemos. Los nardos olían muy bien. Extrañamente intensos. Y con ese color tan aromático fue con el que caminé hasta la puerta y hasta casa, y luego hasta los brazos de la que entonces era mi mujer. Le regalé las flores frescas con una sonrisa idiota e incomprensible en el rostro.

Ella me lo perdonó todo, por un momento, y luego tuvimos sexo, y más tarde nos precipitamos hacia el futuro. Y luego, con todo y las flores, el futuro fue.

miércoles, octubre 31, 2007

El por qué es muy tú... (en demasiadas palabras)

Es muy tú porque es muy todos
y te lo digo con la muñeca dormida, detrás de mí
e igual que te lo diría con un poco de valor fluyéndome en la sangre

Es muy tú porque esta es otra reconstrucción
de la reconstrucción
de esa otra
también
reconstrucción.

Pero aun así, duele.


Aunque igual te lo diría por el hecho de que te gustan los cuentos
y que buscas tu cuento
tu cuentista
y te esmeras porque nadie se salga de los márgenes
El 1 es el rojo
El 2 el amarillo
El 3 es amor que se calla
Y el 4, ardor que se muerde.

Y eso, querida princesa,
es reconstrucción.

Pero aún así, duele.


No. No te lo dí para jugar.
No te presté un juguete más de los que me he encontrado
en este corral de tiempo que me han echado encima.

No. A veces no tengo otra intención que la de sonreír.
A veces sólo quiero gozar y callarme.
Hay días que no me importa ni me creo capaz de enseñar nada.
Y entonces regalo dibujos.
Dibujos de otros,
como los de Quino,
como los que ahora significan mi casa.

Y sin otras ganas que las que me dicen que ojalá te rías
te los regalo sin trampa
y espero tu mensaje
para que me haga la noche.


Esa es mi condena, dibujo de princesa o princesa en sí misma.
Ese es el problema.
Tratar de llamarse a través del otro.
Dejarse ir sin oscuras agendas,
y que el otro alcance a colgarse de una misma sonrisa.


Y luego escuchar música:

"Llámame, no me respondas..."
"Sáciame, que no me alcance..."
"Déjame, que yo me rinda..."

"Cúrame."

Y nada más. Luego callarse.

Y mutar. Otra vez.


Hasta morirse.

sábado, octubre 20, 2007

Redundancias

Y qué si nos rompemos
qué si nos hacemos agua
qué si nos hacemos nada
o nos hacemos tiempo
que no es tiempo
o qué si esto no es sólo otra versión
para las muchas
y muy viles palabras
que repiten la fragua
aún si siempre llegan tarde


Qué si nos deshacemos
qué si nos acontecemos
qué si nos prescindimos
como un insulto
como una -otra, una, ninguna-
palabra enjuta que no es nada
ni define el ardor de la verdadera carne.

¿Qué es lo que somos si no somos
"en verdad" "nada"?

"En verdad" (palabras tan grandes)

O "somos", "nada":
(maneras nuevas para callarse,
equívocos que pretenden sobrevivir el duro test de las palabras
sembradas bajo la piel
supervivientes de la sangre)

La vida no es un quince de junio, oh no.
Ni tampoco es un octubre de sombras
o un agosto torbellino de recuerdos
o un septiembre acidulado por la falta de coraje
ni el año entero de designios
y follaje.

No es que falten las mañanas.
Es sólo que la vida es un acertijo, sí,
un revoltijo,
sí,
un amasijo,
claro que sí.

Y no hay batidora que comprenda en donde empieza
el ahora, la hondura, el exterminio.
Ni dónde termina
el mañana, su paciencia
y los miles de flores que le aguardan.

No somos nada,
como quien dijera todo,
como quien fuera
el gran (gran) belga de la noche.


No somos nada.
(¿O a quién le importa ser solamente huesos y plumas?)
A nadie.
A nada.

No somos nada.
Aunque sobre esa nada se acabe el plenilunio.


¿Porías dejarme ser falta?
¿Me permites,
europeumísimamente,
faltar a mi palabra de ser dios,
y terminar siendo fragua?

¿Hay manera alguna
en la que pueda acabarme por completo
sin deberte ser frazada?

¿Se puede morir sin desmorir?
¿Se puede morar sin desmoronarse?
¿Se puede creer en aquello que se desvanece,
en la ilusión,
en la igualada,
y al mismo tiempo transcurrir quietamente
y dejarse olvidar por el mañana?

Sucede que me canso de ser Dios.
Sucede que me canso de llover sobre mojado.
Sucede que aquí nada sucede.
Sino la lluvia.
Lluvia.
Lluvia.

¿Y luego qué?


No me vengas con la madrugada.