domingo, marzo 10, 2013

Probabilística de las piedras

A pedradas nos pusimos a cazar mariposas
peñascos al aire
incapaces de percibir la resortera, la insectitud
la trampa:
esa súbita raigambre que traza cualquier revoloteo

Se nos puso una piedra en la mano
y se nos encomendó hacer lo mejor posible con su destino.
Se nos puso una piedra
en la mano
y apenas entonces sabíamos lo que una piedra era
o en dónde nos quedaban
-pendejamente-
las manos.

Mariposas a pedradas,
dijeron los grandes jefes
Es hora de cazar y dejarse entonces de tonterías

Pero en mi pueblo nunca hubo tantas
ni tan enjutas
como para poderlas matar sin compasión alguna.

Trato de ligar el sonido de los trenes con la sensación del hambre:

No soy yo el que acabará siendo un gran cazador de bisontes
ni tampoco un domador de historias
ni mucho menos un traidor de la carne.


No soy yo.
Es otro insecto.
Por encima se nos cae la tarde
y entonces -por fin- aparece el silencio.

¿Qué tanto hay que invertir entonces?

¿A qué horas -tan sigilosas, tan subrepticias, tan bobas-
nos cayeron encima las faldas del tiempo?

¿Cuándo fue que se nos dejó venir encima
como un  intrépido gendarme?


martes, febrero 28, 2012

Mal negocio

Hoy me levanté mucho después de haber llegado a esa oficina
trasquilado de mi sombra
con la boca que -sin saberlo-
me sabía a aluminio
y a microcircuitos
y a incontables golpes de la tecla enter, enter, enter

todos revoloteándome bajo los párpados enjutos de terror
que ansiosos de abrirse como se abren los brazos de un niño
no lograban desconocer la rabia
y entonces temían toda luz
y se mantenían atrincherados como temblorosas rendijas

Hoy me levanté sin ponerme de pie
inexplicablemente dormía cuando ya estaba montado sobre el auto
sillón rodante que automatiza el tránsito entre los paisajes de mi sedentarismo
y no era yo alguien enteramente alerta mientras escuchaba la radio
sección deportiva, seguramente, y los goles y efemérides del balón
perpetuados en un lienzo tan efímero como una libélula de humo -pero eso sí-
mundialista, seguramente, la muy hija de perra.

Acudí, dormitabundo, al bebedero imbécil de la promesa renovable
respuesta para el sol, pijamita de todo deseo que se presuma verdadero
y anfetamina frenética de la menos carnal
y gozosa
de las prostituciones posibles

Trabajar me está matando la poesía, colegas míos.
Y trabajar dormido, además, está llevándose el inmensovaloragregadodemissueños.


No tengo a quien reclamarle semejante adaptación al sonambulismo bursátil.

De entre todas las cosas que espero,
espero entero que en las noches tan escasas en que me da por despertar,
esa vejez del mañana no me deje aquí
plantado en mitad del camino, como un ser de meses sin intereses,
de pagos chiquitos, grandotes, pero siempre congelados
y espero también que esta juventud infame que hoy vendo rento doy
miembro a miembro, como un postre dulce dedicado al descuartizador
esta juventud fantasía que un ingenuo analista llama sacrificio
no resulte mal negocio:
moneda de un trueque imbécil y fatuo
compraventa en la que esté con todos, para todos y por todos los postores
(un verdadero gang bang de la existencia mercantil, vaya)

y transacción en la que al final, estéril menú de cuatro tiempos
el otoño no llegue antes del cierre
y a la hora del pastel otra (puta) vez
yo ya tenga cientoquinceaños de futuros bien dormidos



En la jodida bolsa de valores de la vida
todas las acciones aparentemente se transan
en cuenta regresiva.

Vaya cabrona garantía.

miércoles, noviembre 09, 2011

Intermiedo capitalista

Lo peor de la rutina y de la esclavitud voluntaria
no son las horas piso las horas teclas las horas nalga
que involucran

No
Es notar cómo los grillos que antes me pedían prestada la boca
los dedos las manos las palabras
hoy me tienen secuestrado el corazón
y pulverizan entre sus patas todo el sentido de esas balas
las sapientes las precisas las entregadas al amor
y como las noches tan noches ya no significan nada
ni otra cosa
que un "sí maestro aquí le va su biblia de porquerías"
y un cómo demonios me duermo
si no puedo escribir nada.

Tengo un miedo como un sarcófago
y un hambre que ya no sabe de orificios
Y resuelto, de todos modos, a entregar la década
me encuentro aquí, en la agonía de las horas
desdoblando el origami de la noche en un rastrojo de cartones y periódicos viejos
-que se parece ya a la mañana-

y temo. Temo por mi hambre, por mi miedo, por mi sarcófago
y desde luego, por todos mis orificios.

¿Valdrá la pena empeñarle estos años a la vida del esclavo
con tal de hacerme de un jardín donde matar mi trayecto
o dónde envejecer (más) si esto es posible
si esto equivale a ver partir irreversiblemente a los grillos?

¿Mataré lo que me queda de poesía
en este afán por jugar el juego de los perros
y pretender ganármelo a ladridos?

Tengo miedo. Mucho miedo.
Miedo de no saber llamarle al miedo de otra forma.
Miedo de confundir, tal vez,

el verdadero miedo, con el miedo.


sábado, agosto 06, 2011

Perro-sianas para el buen comportamiento

Me he reído de los perros
lo admito

Me he reído de ellos en su cara
detrás de su cara
a pesar de su cara y con todo y ella:
Lo admito también

Pero lo que nunca hice
nunca dije
nunca pude
fue que acaso era infértil esperar sus ladridos al alba

Y no sé.
No sé que tienen el alba y los perros que siempre danzan juntos.
Es
como si tuvieran dentro del hocico
una semilla
una semilla fluorescente y ruidosa
pertinaz, insistente, incandescente e incansable
(como un despertador digital -¿o dogital quizás?-)

Sé, como sea, que algo tienen el alba y los perros.
Vienen juntos, muy juntos, demasiado
como lluvia madre de pequeños vástagos huracanes
como viento padre en proa popa pequeño momento paroxístico

Puré.

El alba trajo consigo algunos perros
Esta mañana al menos. Al menos unos. Unos vinieron.

La habitación era una nube de tabaco y ansiedad
una factura casi serigráfica para el buen comportamiento:

(Esta noche no he salido de tus brazos,
esta noche regresé inmediatamente a casa,
esta noche no fui un perro
ni de la noche
ni del alba)

Persianas de cristal que se abren todas juntas
estúpidas como rieles que se repiten
para un tren que gusta mirar el nado sincronizado
ya por la tele o porque sí.

La habitación, de todos modos,
seguía con su peste y que era toda culpa mía.

Abrí con un guiño las mentadas persianas.

Cuál sería mi sorpresa
cuando en vez de rechinar
ladraron

jueves, noviembre 25, 2010

Pedacito melalcohólico

La mía es una hora cadavérica

un reflujo de melalcoholía malograda

cierto diamante diminuto que espera en incierta gruta

Un espejismo que a sí mismo se pregunta ¿quién


coños


          eres?

 


Pero ya no me quedan muchas otras balas, no.

me informaron recién

a la hora del cardumen noticioso

que dicen que se viene una vorágine de dudas

y que invariablemente es culpa de la muerte


No sé,

mi cerebro se despierta a diario, inexplicablemente

-primero, primero que nada, inexplicablemente-


y luego

el muy hijo de puta me danza en la cabeza

repleto de un montón de melodías absurdas

empachadas de puras letras por demás insulsas...


 

¿Sabrá mi rojo corazón

del verde espasmo

de la gárgola gris petrificada

del cielo añil, boca del marasmo

o de la estúpida verdad que se siembra sola

sobre las volutas que encima se me ciernen?


¿Tendrá noción mi auténtica idiotez

de la razón de vez en vez

que el corazón se rasca

cada tarde

sobre el café recóndito,

bajo el tenedor sangriento,

sobre el cuchillo alado

hijo del bife de chorizo y el mango excéntrico de la vieja tropicalia

que también ha de morir,

uno de estos días,

quizás el mismo en el que yo también decida haberme ido?

 

Hoy horneo el pan para esas hambrientas orugas. 

A paso tímido, quieto como el hambre,

deletreo de puntitas

el camino que se mece allí delante

bailando -mambembe- hasta el hocico de las flores y de los gusanos. 

Ya no tengo más miedo que éste, y tampoco es único. 

 

Bajo la orilla entre los puentes despojado del cable del funámbulo

del estertor que es himno para todo soldadito, me sigo

me sigo, flotando

flotando, flotando me voy,

quietecito


Quietecito, quietecito me arranco el diminutivo

y así, así como muero

otro ratito


así 

así también me mato,


y me mato así,

pero también 

y también, a dentelladas, 


procuro

                casi siempre


dejarme vivo.

 

jueves, agosto 19, 2010

Brevitabundos...

No tengo idea de los porqués
-cuando menos en general-

Y sin embargo, cuando se trata de la lluvia
o de la amnesia
o de la debida consecución de la fantasía
hay algo más grande que mi dolor más grande
y que mi dolor más puro
y que mi dolor más rebuscado
que me llama
y que me obliga
que me arrastra y me domina y me parte y me rompe y me recompone

y que me devuelve, como si nada
a la misma ola.

Es lo mismo con el mar.
Del que quisiera aprender tanto, pero no lo puedo
de tanto odio
y de tanto sinsentido
y de tanto vaivén gratuito y monotemático
el ir y el venir
el ir y el venir
el ir y el venir y cuándo se acaba semejante ronda.

Aún cuando era niño ya conocía de los pechos del mundo
por mucho que se escondieran
por pequeños o por grandes
yo les sabía, pícaramente.

Hoy es el día de la ola.
El día del amor.
El día de las cosas y los vaivenes.
El día de los pechos.
El día de las locas, de las hojas, de las cosas
que se duelen fantasiando
que se nombran
que se doblan.

Y hoy, precisamente,
olvidé hace diezmil años mi reloj.

¿Tienes dónde,
tienes cómo,
tienes cuánto,
tienes horas?

Si es por mí, mándenlo todo al carajo.

Y ahí me avisas donde es,
por si al final del rato me rajo.

miércoles, marzo 10, 2010

Exabrupto catalán

En el tejido el botón
la isla abyecta que no pide nada
la hora sin rumbo y que es
-sin quererlo-
como cualquier otra
como ninguna
como las alas
tan rotas
tan oscuras.

En el botón el orificio
o el par de ellos
o la narina tímida que aspira a inhalar
y halar, con todas sus fuerzas,
esa bocanada de aire que presagia un segundo ulterior
y que tiembla
absurda y tenaz
por el simple hecho de saberse viva
e iracunda
La sabia segunda
La fría, la inmunda, la paz.

En el orificio el trayecto
-siempre el trayecto, presumido, presumible-
sendero que se siente sonido
significado para cosas tan endebles como el amor
o la semana
o el hartazgo que todos ponemos donde quisiéramos
poner las ganas
el ardor
la picana.

En el trayecto
la rota calma
el entero indivisible
la digital alevosía de no decir nada
la hora cumplida
donde uno se halla sin acudir
la frágil conjura
en la que alguno -alguna vez- entregó sus canas.

Rábidos tímidos sórdidos y empuñando la calma.
Pues sobre la calma
el delirio.

Y sobre el delirio, la nada
la antigua
la avorazada

Ya el mundo empuñó esta camisa
cobija de asombro
mantel de la risa
rebozo del otoño vejado y aburrido
alguna vez, -aquella- y TODAS, ya lo sabe
ya lo hizo

Tras la brisa
se anduvo buscando
y tras buscarse
se supo sin prisa
se dijo
se pudo
y luego nevó
y nevó
sobre la cornisa

Nunca antes Barcelona se supo tan turbia
y nunca después halló el conjuro.

Lo juro.

martes, octubre 27, 2009

Ingesta de anzuelos

Te mordería como se muerde un anzuelo
como se muerde una promesa que muerde de vuelta
y que muerde de cerca
y que muerde sin pena, ni gloria, ni pena

Te mordería mordiendo. Engullendo. Saboreando la trampa sin pudor
sin horror
sin lágrima, sin risa, sin odio, sin prisa
sin gloria.

Te mordería como te muerdo. Agónico, insulso, turbio y tremendo.
Te mordería si supiera morder. O morder -apenas- mejor de lo que muerdo.


Las horas, cataratas.
Las cataratas, destino.
Los destinos, inciertos -como siempre- pero también destinos.

Mordida. Muérdago. Magullo, imberbe, detrás del orgullo.
Convivo. Confluyo. Cohabito insolente. Cardumen que es tuyo.

Capaz.
Contento.

Es la hora de dormir, insisto, resisto, desisto.




¿Podrías -quizás-

contarme un cuento?

miércoles, julio 01, 2009

Abreviaturas para un beso.

Para un beso. Con eso se dice todo.

Ay, boquita belicosa
lo que no daría por ser capaz de resumir.

Llegar a cuatro sin contar uno solo.
Admitir mi deber sin teclear ni un sólo puntito.

Ay, boquita belicosa:
Lo beligerante se me termina donde te empiezan las ganas.
Yo no soy lo que quiero, ni mucho menos lo que me ponga en gana.

Ay, boquita. Boquita belicosa.
No eres más nítida
que ninguna otra cosa.
No sos nada.
Ni lo semos, tantito.

El punto sobre el punto: Los dos puntos.
Y la nada. La misma nada. La tuya.

Ay, boquita belicosa:
Qué más quisiera que ser yo, queriendo ser alguna otra cosa.
Del puro arrastre me arrepiento.
Ya no hablemos de los sueños
o de las norias
o de los lamentos oceánicos
o de ninguna otra joda.


Ven pa' cá: Boquita belicosa.
Admite que no quiero ser destino.
Y asume pronto que -de verdad-

no me interesa si eres mejor prosa.

Calíbralo de una vez:
Este es el pan funámbulo que tirita entre los planes
y sobre las últimas baldosas.

¿Por allá?
Más nada.

Quizás alguna boca.

O quizás también lo mismo:
tu ráuda y tu breve

y tu larguísima
boquita belicosa.

Es todo un mito cuando cantas
y cuando ríes
y cuando gozas

Es todo -realmente-
un etérnico marchito:

Son todas

sólo rimas


y lo son así.

Por más que las nieguen.

Y por más
que sean hermosas.

martes, junio 16, 2009

La bondad de los archipiélagos (Geográficamente lineal)

En alusión a cierta charla con str.


I.

La mayor parte de la gente duda de lo espontáneo.
Y hacen bien:
quizás porque -muy probablemente-
eso que parecería espontáneo
normalmente no lo es.

O quizás porque
-aunque lo sea-
conviene mejor dudar.

Transitar sobre el océano con la armadura de plomo bien soldada,
soldado,
es en verdad,

soldado

el primero de tus deberes.


"No pretenderás haber hallado tierra firme en vano"
o
"No pretenderás la tierra firme de tu prójimo"

Esos, quizás,
podrían ser los segundos.

A la mar poco le importan semejantes vaivenes
pugilísticos o acorazados:

La mar es un yermo y tortuoso tejido de agua sucia y
salada como los cataclismos
y turbia
llena de pelos
perplejos y remolinos
que no saben con certeza
qué
es aquello
que transita a punta y clavo
de orgullosas
dentelladas
sobre ellos.

II.
La mar también duda de lo espontáneo.
Por el simple hecho de ser mar.
Y hace bien.

No es la mar quien despierta repleta de tanto sol
ni cansada de sus barbas.
Ni es ella quien por más que se sacude
falla en recobrar la calma que supone que le otorgan
un par de mejillas rasuradas
recién imberbes
y devueltas sobre la precisa corriente que supone ser
camino de vuelta

a quién sabe

qué-puta-casa.

La mar duda de todo aquello.
De lo espontáneo, de lo perpetuo, de todo
ello.

Y luego reposa en su violencia muda.
Y repleta de dudas prosigue con su fragua

y con su cadencia.

III.
La mayor parte -y la mar- dudan siempre de lo espontáneo
y dudan siempre del retorno
y dudan siempre de la casa.
Y hacen bien.

Porque quizás acontecen todas esas cosas
y todas esas dudas
sobre la misma
y efímera

y perpetua

oclusión.

La del pelambre que ocupa un lugar
no solicitado
en las cañerías del destino

para que al mañana -me temo-
le venga la tos.

Y sobrevenga también
el ahogo.

La tuberculosis añadida.
Y para que ocurran entonces
desparpajadas

todas las

"coincidencias".

IV.
Bendita la tabla de surf
y bendita también la Pangea.
¿Cómo sin ellas se podria contar la historia
de una isla
tras de una isla
tras de otra isla
que no conoce
ni se contea?

Como planetas de aquel príncipe pequeño
o como boyas en un mar superdotado

Aquí, mi súbito cordero de dibujos,
aquí,
mi ingrávido marfil subexplotado
aquí -y sólo aquí-

es donde ocurren todos ellos
(los ladridos del futuro
los eunucos del ensueño
los que habría y los que hubo)

Y aquí -también-
es donde pasan las preguntas
rozando a veces
pero -siempre-
por un lado.

V.
Te cuento (rapidísimo):
Hubo un día que miré sobre mis pisadas
y así, de pronto, dejé de añorar ser pirata.

Y no es que se me olvidase el placer de llevar una barba bien larga
o de matar lo bienmatable
o de abordar barcuchos débiles y prescindibles, no.

Ese día pudo ser como cualquier otro.
Hasta que miré bajo mis pies
y vi cuando era luego.

Y dejé de serlo.
Culpé primero al sol,
luego a la falta de sueño,
y después a la luna

y al final a las barbas
y más tarde al recreo y a la infancia y a todas las palabras
y a mí mismo
y al mar y a los navíos
y al mañana, y al pasado y hasta me tomé la libertad de ser libre
para culpar a lo eterno.

Pero nada logró arrebatarme la idea.
Ni nada fue capaz de llevarme a otra parte.
Ni conseguí, con todo aquello, apartarme del fuego.

VI.
Bajo mis pies, sobre el mar -primero-
y sobre tierra, bajo sal, y entre dientes
-después-
yacía relajada una roja equis.

Una roja cruz.

Un rojísimo lugar para cavar.

Un destino para el tesoro.
Un norte que no fue solicitado.

Un mañana desnudo.
Un lugar sin bordes: Un cachito de hemiciclo
donde ser enterrado.

VII.
Tuve que dejar de ser pirata y naviero
tuve que dejar de ser dibujo
y de ser cordero
Tuve que.
Supe que.

Luego emití la orden:
"Contramaestre:
Le ordeno traerme su cuchara más pequeña"

De su barca imaginaria
bajó un soldado empuñando una cuchara microscópica.

Ni tardo
ni perezoso
la colocó sobre mi mano.

Y entonces,

así

de repente


comencé a cavar.

XXXXX

(¿Y en este mercado habrá
quien venda un final


para cierto túnel?)

domingo, junio 07, 2009

Panificadora "El Designio"

Una hogaza de pan es mordida y es sueño
paréntesis de harina floja y turbia labia que no muerde
y que no sabe morder
día que permanece

muerte que no se termina
hogaza de pan vestida de mendrugo

canto roto por la mitad
mano que rompe y que ofrece aquello que no tiene
salvedad por instrumentos

piloto automático
hogaza
hogaza de pan

y masticar
y masticar
y masticar

aquello que no se termina
calambre de viernes
etiqueta que no lleva faltas ni rimas

hogaza

hogaza de pan
y que es cordero sin horno empecinado en volarse el día

(volar un día
volar)

y que las pulgas y los bichos que reposan
bajo el ala mayor
se cuenten cuentos y se
acurruquen
como un buen tequila
reposado

que las puertas del metro nunca saben lo que hay
en su interior
ni lo que pasa
en sus adentros

Migaja de pan
migaja de gritos, de sombras, de pan
y de pan
mendrugo como título nobiliario
en estos tiempos de satélites fornidos
resquicios
cuevas y apartamentos tres veces amueblados por los ojos de cierto panadero
cocinero de despojos
y que supo desde siempre que no hay más
y que hay puertas que no tienen cerrojo

Futuro
solución
bufete de hormigas necias en su afán
por desfilar
Alcancías del absurdo
moneditas de hambres tan pequeñitas como arduas
agujetas largas
y recias
y cardúmenes de niños que resoplan chiflidos
reposados y bruñidos
como estambres de corral
o como enjambres en el nido

Tejedoras y futuros
caminantes del auxilio
tejedoras que tejen tercas petulantes
mariposas en frío
y futuros que se duermen y se destejen y se arrancan y se sienten
moretones dignos de un andar sin apellidos
labios tiesos como bufandas sin cuello y penélopes mustias de colchones
y de hoteles en la Habana
o encendidos
tal vez más viejos
o no
o viejos los cerros

y cerros
a la izquierda

De dios padre no-me-acuer-do
cerros de migajas tejedoras
bufandas futuro
hogaza de pan
cierto pan, tal vez
o migajas
o mendrugos
pero en televisión nacional

Penélope a cuadro
aderezándonos el clima:

"yo pedí noticias, no temporales"

dicen las pulgas rebosantes de bufandas y de gritos
y todo es pequeño como el futuro
como la hogaza
como la cal y como el mendrugo

Todo es pequeño sin el nombre que hace falta
sin ti, sin mí
sin el futuro mustio y sin la hogaza violenta
y sin la turbia,
sucia
y voraz corazonada

que le puso nombre

No sé cómo. No sé porqué.

a tanta y tanta cantata
que no sabe, tampoco

por quien
por qué
o a qué horas

se desnuda tras la hogaza
tras el frío
tras la calma

y luego

tiembla.

domingo, marzo 15, 2009

Temblor y temblor. (Un eslogan para el exilio del terror)

Dibújame unas manos que se escurran hasta la guarida
hasta la cueva, el cubil, el final del sortilegio.

Píntame un cordero
crucificado y sediento gis en el pizarrón añil
en la libreta de una esponja avinagrada
Trázame unas manos rotas
empuñando sangre contra viento
y defecando un cliché
TODO al mismo tiempo.

Escríbeme otro evangelio absurdo
una historia más y mejor que la dóctorjauslosjuevesporlanoche.
Un acertijo similar, al menos:
Ceguera entusiasmada versus pesadumbre ilustratoria.
Un camino no-camino en el que "god becomes silent"
y en el que nadie sabe
-nadie supo-
cuán silencioso había estado el susodicho
desde el primero de todos
los principios.


Se me olvida siempre lo impostergable.
Vivir sin ataduras
morder sin bozal
amasarse sin tapujos
y persistir, sí, a pesar de las pólizas chantajistas
de cualquier aseguradora fundamental (o fundamentalista, for that matter)

Escupo sobre la tumba ignota del cinturón de seguridad:
el presente es un transcurso que se vive sobre el agua
bajo el agua
dentro del agua -la más corriente de todas-

Todo lo demás,
sálveme el dios de lo bursátil,
son pretextitos.


Y sí. Si no tiene hueco, queridos,


NO ES SALVAVIDAS.

jueves, enero 15, 2009

Aventuras bajo los puentes

Para L., que viene llegando a casa a las dos y media de la mañana.

En diez minutos, debajo del puente (cantando).


Vamos a las fauces de la noche. Yo y la princesa descolorida. Su boca tremor del asfalto, y las ganas de ponerle nombre a las cosas. Un aullido, de entre la orquesta de caniches que me enturbia la cabeza, dice que es lo correcto.

Toma el callejón y guárdate el atajo. No. Mejor llévalo contigo en la cartera. Si ves un semáforo, le gruñes. Y si te topas con el fin de las vías, avísame antes de desparramar los sesos sobre la carretera.

¿En el mirador? Allá nosotros y una jauría de demonios que arrullaremos todo el camino. Ya quemé el soundtrack para este rapto, y todas las canciones tienen tu nombre.

Sí: Tu nombre. Tu verdadero nombre de princesa. El único que te conozco.

¡Ring! (dice el timbre del teléfono).

Nos vamos. Espero llegar mañana al trabajo, y espero aún más, tener cara de aventura. Ojalá me pregunten dónde anduve. Qué hice. Por qué soy así.

Yo les diré tu nombre y te culparé de todo. Pero basta ya. Estás aquí y el temblor de mis piernas me susurra que andas esperando.

Voy para allá, colibrí. Debajo del puente. Corriendo al contigo.


Contigo siempre. Hasta que nos muramos.

viernes, septiembre 12, 2008

El fin del mundo

Para todas las declaraciones de odio, amor y perdón que quedarían pendientes.

I.

El acantilado que se cierne sobre el vértice de tu pubis
y el de todo lo que más abajo llueve por temporadas.
Las laderas parietales de tu carne o tu cintura impertinente.
El prado de tu coño intenso, el altiplano del pezón adusto
o la ferroviara y mordiente carne que va de tu cabeza
a tu locura.

La calma, la lánguida, la estúpida.
El silencio innecesario.
Las marejadas de angustia que provoca el callarse por pudor.
Una tormenta de adjetivos adelantados
o una lectura magistral de cualquier pendejo.

Las horas malgastadas antes de besar la muerte,
las copas vacías
los vasos medio llenos o medio no llenos: las peores caricaturas.
El cliché. Cualquier cliché. Incluso el del nihilismo.

Porque no se puede ser nihilista viviendo en un castillo,
(con el perdón de Ciorán y los demás)
Ni tampoco es posible rezongar
cuando lo único que falta es saber dar un grito.

La falta de gritos. La tibieza.
La insulsa y falaz sensación de completud.
La también falaz preferencia por escribir "complitud" en lugar de "completud".

La nostalgia sin motivos.
Los relojes de arena que no se terminan.
Los finales malos. Los principios buenos.
Los finales muy malos con principios muy buenos.
Los finales, a secas.

Las medias horas. Las tintas indelebles.
La democracia que me causa tanta tanta
tanta
gracia.

La rima que me persigue cuando es debido.
Las ganas no resueltas de escribir un buen tango.
O -venga pues, la rima-
el dolor acidulado de revolcarse en el fango.

El horror. Lo que ocurre en la realidad, aunque sea inexplicable.
La añoranza. El echar de menos. Los extrañamientos.
Algunos momentos incómodos por el simple hecho de ser momentos.
La brutalidad. La bestia sin causa. La causa justa y que carece de bestias.

El músculo per se. La racionalidad a ultranza.
El misticismo que mejor ignora todo lo demás que no sea a sí mismo.
Un acostón sin buenos días.
Unos buenos días sin mañana.
Una mañana sin domingo.
Un domingo sin próximo domingo posible, ni siquiera entre las ganas.
Unas ganas sin siquiera
un acostón.

Vivir muerto.
Vivir medio vivo.
Vivir sobreviviendo, sin vivir hasta el carmín, hasta el ojal, hasta el ombligo.
Desvivir, así nomás.
Amarillo huevo del color de cualquier retirada inexplicable.

II.

O
no poder llorar.

Eso sí que se le parece -debo decírtelo-

Desgañitarse de insultos en un puto semáforo
para luego poder permanecer impasible ante la injusticia.
Masticarse la vida entre la burguesía juiciosa que tampoco
tiene juicio propio.

La pobreza sin noción y sin remedio.
El ocio sin banderas. Las banderas sin dueño.
Los dueños sin propiedades que no sean de humo.
El humo sin bocas que lo soplen, ni anafres que lo encaminen.

La levedad -soportable o insoportable-.
El "no ser" como única consigna.

Usar sombrero porque sí. Dejar de usarlo porque nomás no.
Apoltronarse en la vanidad reafirmatoria.
La vanidad reafirmatoria de escribir la palabra "apoltronarse".

Reafirmarse en la pereza.
Zozobrar -no- mejor la mismísima zozobra.
Un perro faldero que no sabe ladrar.
Un perro bravo atado sin remedio a una antena de televisión nacional.

Un velador sin cigarrillos.
Un cigarrillo sin boca.
Una boca sin otra boca -ni siquiera la suya, la propia-
Un castigo sin motivo y que nadie cumple.
Cumplir por puro castigo, pagar con la cara y con la boca,
desbocarse, literalmente, para luego morir.

Morder lo menos.
Ladrar lo más.
No más.


III.

Todo eso, amor desconocido amor impávido,
todo eso es nombre y apellido para el fin del mundo mío.

Todo eso, y no dios,
ni mucho menos los aceleradores de partículas que
-dichosos ladradores mordelones aseguran-
están a punto de comerse el universo entero (¿quién los viera?)

Todo eso y no Tatiana, o Camila o sus hermanas.
Todo eso y no la princesa ni tampoco las demás princesas,
ni las reinas de espadas y de corazones,
ni las múltiples asignaturas inacabadas
ni tampoco la perenne falta de cojones o la nobleza del mentir
por buena causa.

Eso. Esa oquedad.
Esa letanía de enunciados que dibujan lo mediocre.
Esa. Y todas las demás.
Las que se te ocurran ahora. Y aún más.

Eso es, verdaderamente, el fin del mundo.
Como lo es el no poder arrepentirse si se acaba mañana
por la mañana
o antes del almuerzo
o ya muy tarde, con los ánimos viejos
y toda esa carne apelmazada en los párpados.

Es el fin del mundo -dicen-
Es regodearse en lo fortuito. Es revolcarse en lo malhecho.

No poder decirlo bien.
No poder hacer en lugar de pensar.
No poder haberlo hecho, mordido,
sabido.

¿Qué nos queda si no reconocer, entonces,
lo fútil que resulta quererhaberhechootenidohuevos,
para además añadirle lo que sigue y lo que pase luego?

Pero si es el fin del mundo, carajo.
Es el momento que no tiene luegos. Es el San-Se-Acabó.
Es la ventana frente a la que no pasará más nadie.
Es la no ventana.
La nada.
El no apocalípsis y la explicación que inutiliza cualquier plegaria
y cualquier ruego.


IV.

Quisiera arrepentirme, te digo.
Poder tener lugar para ello.
Sobrevivir al agujero negro que se comerá toda la poesía escrita
y la hecha
y la vivida
y la pensada para una posteridad de lo más postrera
y que también será engullida
a la postre.

Quisiera dedicar otra palabra a este propósito
y quisiera seguir enumerando las mil formas
en las que el mundo a diario deja de ser mundo.

Pero la urgencia de las circunstancias me está jalando la pijama
con las puntas de los dedos.
Apenas vino a sugerirme que me calle.
Y a la urgencia hay que escucharla siempre,
para no terminar con los pantalones empapados
y las historias desiertas.

Dice la urgencia que mejor me calle.
Y eso hago. Y dice que te busque y que te halle,
y que te encuentre, y que te bese y que te muerda.
y que te pruebe "pero ya"
y que te engulla si es posible
y que ya pa luego es tarde.

Dice también que no hay más tiempo:
Que porque el mundo se termina, cuando menos,
el próximo martes.

O como dijo ese escritor tan "banal" pero que tanto sabes que me gusta:

"Ya está de noche". "Mejor nos regresamos":
Y es que "se está haciendo tarde".

viernes, agosto 15, 2008

Herida sin herida.

Alguna vez pensó que se trataba del aroma. Un olor que no dejaba espacio para ninguna otra cosa. Una peste suculenta. Una delicia abotargada, inmensa, hinchada de tanto espacio, henchida de tanto dolor. Dolida de tanto henchirse, hincharse, hacerse a un lado. Aunque claro: él realmente no sabía explicarlo. Y es que no sabía explicar nada. Se movía en automáico. Se sabía acostumbrado a muchos siempres.

La vida -por supuesto- no le dio tregua alguna. ¿Cuándo se ha visto que la vida -o esa abstracta ocasión a la que llamamos así- se haya conmiserado de cualquier pelagatos? Pelafustán. Pelmazo. Pelele. Tenía nombres para todas las cosas -y sin embargo- no le alcanzaban los huevos para nombrar amor al amor, o deseable a lo deseable, o cariño a lo que fuese cariño. Al menos no en público.

Transitó -sí- y tampoco hay que ser tan crueles como para no admitir que no lo hizo desapercibidamente. Dijo lo que dijo cuando tenía que decirlo -ni antes, ni después- como también sucumbió ante sus propias temblorinas: Ay, que si no quiso amar como quien ama de a de veras. Ay, que si no quiso jactarse de ello. Claro que sí. Él era tan débil y tan fuerte como cualquier artilugio.

Y pecó de pesadumbre -o lo que es lo mismo- nunca tuvo los huevos suficientes para una omelette hecha y derecha. Se pandeó para no poder. Se pudo para mejor no pandearse. Se mejoró a sí mismo -según él mismo- para no preguntarse nada más.

Y pecó de lo mismo que todos: Incapacitado para la ficción, creyó que sabía algo más que los demás. Aunque en el fondo se equivocaba: Era una más de las momias que se arremolinaban sobre el laberinto de la nada ficcional tragedia de vivir. Y por más que se esforzaba, terminó por estar tan postrado como todos los demás: Carente de una historia que decir. Atado por las ganas de contar. Cuantioso como largas eran las cuerdas que le sujetaban las muñecas contra ese viejo potro de torturas, albuminoso y seco, y que tanto y tanto le seducía, mirada tras mirada.

Es que si yo fuera, es que si yo pudiera, es que si yo supiera decir lo que no existe -se decía consternado y triste- la vida cambiaría de color.

Y sin embargo, nunca supo gran cosa. Siempre se quedó igual. Todo el tiempo fue él mismo: carente de futuros, sí, y por lo tanto engarrotado en sus presentes. Uno más de los torcidos. Uno menos que contar para el equipo de los muchos. El que nunca existe pero tampoco duerme.

No cuesta nada callarse un ratito. De verdad. Parece peor de lo que resulta, y nunca resulta nada de lo que parece. Hay que saber dormitarse las heridas -creo yo- pero mucho más importante resulta dejarse despertar por las salientes.

Buenos días a la pijama, a la hora, al reloj y a los oyentes. Antes fue un día de princesas. No más. Hoy no estoy yo, no estoy solo, no estoy más. Hoy me rindo. Hoy canto loas para los durmientes. Hoy sucumbo, no parezco, no soy, no resulto. Dormito. Y luego persisto. Y luego vuelvo a dormitar y luego

nada.

Ya te me fuiste. Ya no estás. Estás muerta. Nada va a regresarte. No puedo hacer más. Y no me puedo quejar. No puedo. No decir nada.

Callarse. Hasta no escucharte más.

Morir contigo.

Y resucitar.

jueves, julio 31, 2008

Fuera de lugar.

El verano de la ciudad no conoce dioses ni meteorólogos. Todos lo saben.
Julio aquí, es sólo un nombre. Un nombre de hombre y un nombre para un mes particularmente lluvioso.

Escucha: Hoy es el último día de Julio en esta ciudad sin nombres (para sí misma).
Y Julio (el mes), realmente se escribe con minúsculas. Aquí se le llama julio, sin mayores pleitesías. Y es que en julio llegan muchos de esos pocos viajeros que se atreven, realmente, a venir aquí. Y causa cierta ternura mirarlos caminar sobre las aceras de Reforma (esa sí con mayúsculas), enfundados en sus tecnológicas sandalias, y cubiertos de repelente solar, mientras beben temerosa y únicamente, el agua embotellada y "segura" que recomiendan sus fieles manuales turísticos.

Claro que no todos son iguales. Ni tampoco llegan todos en julio. Pero es justo en ese lapso -tan breve como inmensas son sus lluvias- cuando más y más perdidos llegan directo al corazón de esta ciudad que no conoce de misericordias, y cuando claman esa piedad que cada vez existe menos y a la que le importan poco los sombreros, las sonrisas o las buenas actitudes. Y es que, en la ciudadela de mitad de julio, llueve lo mismo y duele lo mismo y sabe a lo mismo toda aquella despojada indiferencia que significa el ser paupérrimo y olvidado. Y es más: aunque me duela admitirlo, cada vez importa menos si la miseria está empapada por las lluvias de julio, o seca y sedienta como lo está durante los calores del marzo inmisericorde. Let it be springbreak or summer vacations or holidays or whatever. El corazón hospitalariamente frágil y frágilmente falso que solía mantener viva a esta ciudad de chapopote, hoy se está muriendo lenta pero inexorablemente.

Y no es culpa de nadie en realidad, cosa que lo hace aún más triste. No es cuestión de si Marcelo o sus contrarios. Ni tampoco es cosa de los viajeros o de los habitantes. Y es que, aunque esta ciudad ha persistido viva en medio de un mundo que se muere, hoy ya se puede prever que es sólo cuestión de tiempo para que su enésimo transplante de corazón de hierro y alma de latón sucumban, finalmente, ante la seca y terca homogeneidad de eso que algunos llaman "el mundo". "Lo global". El alma imberbe y facilista de "lo cosmopolita". La condena kafkiana. El castillo. La inevitabilidad de hacerse "de la vista gorda", y sucumbir ante los estereotipos capitalizables.

Tengo 29 años viviendo -directa o indirectamente- en esta mismísima ciudad. He visto irse y volver a casi todos los que me rodean. He visto también irse a algunos para siempre: Ya por obra de la muerte, solemnísima serpiente engullidora de futuros, o por obra de la suerte o del pánico o de cualquier otro motivo siempre mejor: aventureros que hallaron el amor y la fortuna en otra parte, ascetas que están siempre bien en donde sea, escapistas que se libran de la mala fortuna con un poco de encanto, sonrisas y mucha paciencia. Les envidio -y no- a todos ellos.

Yo, afortunada o desafortunadamente, persisto en esta ciudad que vive muy a pesar de que se muere. Como todos. Permanezco. Pervivo. Recibo juicios tanto como los doy:

- Ey, güey, es que tú eres un resentido social. Te cagan todos los que se han marchado como tú nunca pudiste.

Y me callo. Y asimilo la parte verdadera tanto como destilo la ponzoña de la otra parte, más que falsa, de semejante aseveración.

- Es que cabrón, ¿cómo puedes saber tanto del mundo sin haberlo pisado nunca? ¿No te cansas de vivir el mundo a través de libros y almanaques?

Y me sigo callando. Y recibo la puñalada mordaz de esa realidad que sé que me duele tanto como me adula. Y mantengo la vista firme en mi horizonte, mío, que es igual al de todos. Porque el horizonte es fantasía. Y no sólo eso: es fantasía renovable. Se hace más grande o más distinto conforme se camina. Y, contrario a los que juzgan, yo sé que sí camino. O al menos giro el cuello y me transformo. Me sé mutable y me divierto con ello. No he estado siempre en el mismo lugar ni frente al mismo camino.

- I just don't get it, dude. How come you fucking speak english the great fucking way you do. I mean: you can even fake your own accent. Yo go from latino to new yorker to southern to jamaican to british to generic fucking asshole in no time. Hell man, you can also make all these clever ans stupid jokes as much as you can play like you're a dumb fuck that doesn't get them. Don't play fucking games with me, you fucking wanker fuckhead. I'm sure you've already gone around the block, and you're just faking it all so you can play with our fucking drunk-ass minds...


Then I could play dumb and pretend I didn't get that, but fuck man, it is a true friend with a true peda and a very logical accusation. No me puedo hacer pendejo, pero tampoco debo mentir. Y no porque me pese moralmente, sino todo lo contrario. I don't fucking know how the fuck i got this far without going anywhere. Y no me da pena tu puto dilema. I'm here. I've been here all along. I'm a sitting duck in a fucking war zone. Y no estoy orgulloso, sino todo lo contrario. I feel fucking lost. And it's not good to feel lost in the very place you've been for your entire life. ¿Entiendes?


Es julio. Es julio con minúsculas. Uno de esos meses en los que siempre llueve, todos los días. Un mes que odio y que -últimamente- se ha esmerado para que lo odie más. Quince días terribles y maravillosos. Aura y su recuerdo. Frank y su vuelta al mundo. Sam y Natalia, yo y mi trabajo abandonado. La lluvia y su recordatorio de los paraguas. Qué se yo. Todo al mismo tiempo.

Pero también, es el último día de julio. El día en el que todo se va junto con el agua sucia de los trastes y la lavadora. El día para terminar. El día para no seguir. El día para guardar silencio en mitad de la capital más ruidosa del mundo. Para escuchar su corazón de chapopote. Su corazón que agoniza. Mi corazón. El corazón de todos. Y de ninguno.

jueves, julio 10, 2008

De la lluvia y lo fortuito

Para S.I. , la cumpleañera.

Decía el gran cocodrilo
que uno se cansa de ser Dios.
Y decía
también
que uno se cansa de llover sobre mojado.
Decía entonces
luego de tanto hartazgo
que sólo existía la lluvia
lluvia
lluvia.

Y claro. No soy quién ni soy nadie.
Al menos no cualquiera que se sienta capaz de desdecir las lloviznas de los otros.

Yo soy yo y mi circunstancia
aunque también yo soy mi hambre.

Y maldigo y bendigo
y desdigo y hago míos los asuntos de otros
y las viejas y las tardes.

Soy, sencillamente, un asco de cabrón.
Un vil otro mequetrefe que hace suyas las palabras que son putas
y sí: por sobre todas las cosas, putas.
Y que no le merecen respeto a nadie.
Yo soy ese. Soy el peor.
Soy el que no sabe.

Lo malo (del asunto)
es que en este andar dispuesto
hay diez mil cosas que valen.
Vale llorar
Vale quedarse
Vale todo, de verdad, siempre que insista y que te llame.

Vale una boca de pintura
No: Vale tan solo la pintura.
Olvidémoslo todo pues aquí viene trotando la hermosura

y sin más

sin nada

No otra cosa que no sea ella misma.

La boca bella. La sonrisa. El tiempo invertido en tantas horas de pesca
para que todo
TODO
se reduzca a un par de labios
-probablemente ansiosos de cualquier cosa que sea más que simple deseo-
y que rompen como olas en el dique no verbal del infortunio.

Hola. ¿Cómo estás?
¿Cómo podría descifrarte?
¿Cuándo es que se juntan otra vez los nombres, las canciones y los delirios,
en otro once de julio, en otro lunes
o en otro martes?

Tu nombre, como tu boca, como tu tiempo:
Todos podrían decirme de tus ganas de ser amada
con la misma fragilidad que supone ser viento.

Pero yo no sucumbo. No, al menos, ante tu nombre de luna
ni ante el eclipse
ni ante el miedo.

Yo miro más allá.
Miro donde nadie ha mirado.
Miro donde ni sus tripas se lo han permitido.

Y miro mientras miras que te miran todos:
todos -siempre-
mirándote lo menos.

Lo menos importante.

Miro y miro y remiro otra vez.
Es el once de Julio de milnovecientosnoventayuno.
Con el eclipse más magnánimo que nos habrá de tocar en nuestras vidas
tu, diosa del quiénsabe, ocultas al Sol para ocultarte luego.

Y lo es. Y sucede. Y nos encontramos decenas de años después,
otro Once de Julio.
Otro día en que te eclipsas bajo el miedo,
aunque lo sepas todo.
De antemano.

Pero lo sabes.
Sabes que tu nombre
no es sólo el nombre de la luna
o del martirio.

Sabes que sabes demasiado,
y que te encuentras cansada de contarle tus historias
a quienes no entienden de alardes.

Sabes mucho.
Sabes tanto como quieres.
Quieres todo.

Y todo es sólo lo que todo significa
aunque también todo es tu piel cuando dice y dice
hasta hartarse.

¿Crees que no veo más allá de lo que veo?
Lo sé.

Lo sé todo.

¿Cómo hacerte entender...cómo explicarte?

Ocurre el amor como ocurre el eclipse.
Eclipse tácito implícito,
amor que se duerme entre los callos de lo que ya nos hizo daño.
Precaución.

Silencio.

Silencio entonces.

Silencio para ti, para vos, para nosotros.

Silencios porque entonces habría ruido.
Un ruido insoportable.

Unas ganas insalvables,
incapaces,
indómitas
e inamovibles.

Todo eso: Eso que con tu gran cerebro de 2433 centímetros cúbicos, ya sabes.

Y yo, con el mío
quizás pequeño,
también lo sé.

Demasiado peligro. Conviene resguardarse.


Y aún así te digo hola.

Te digo "quién sabe".

Te digo "luego".

Te digo "no te calles".


Porque de hablar ya estoy maltrecho y cansado y pusilánime.
Pero de ti, la cumpleañera, aún no sé nada. Y no pienso errar hasta callarme.
Y que sea, pues, lo que sea.

No hay mal que dure 100 años -eso seguro- pero, piensa: No hay bien, tampoco,
que aguante 6 -o más- tardes.


¿Vamos,
o nos quedamos?

¿Vienes, o te quedas?

martes, abril 15, 2008

Quince minutos

¿Qué sería del hombre
sin su cara de hambre?
¿Qué sería del hambre sin la herrumbre
o qué sería la herrumbre sin su olor de mandíbulas
anzuelos
y carne?

¿Qué sería del futuro sin las viejas pijamas?
¿A qué olería la franela
sin sus muelas y sus pérfidas tramas?

Algodón el anzuelo
las sirenas, las mucamas
Floriturbio el consuelo de los ecos sin ventanas
de las rimas, los hidalgos insulsos
y de todos los poetas enlodados de ambición
pero desnudos de palabras.

Ah, y la rima estúpida:
tácita frenética
súbita y esdrújula
¿Qué sería de los párrafos sin huecos
o de los huecos sin sus faltas?

Mi cama es un andamio de espejuelos donde invoco a los que muerden rabiosamente
empuñando entre las fauces ciertos colmillos que no alcanzan.

Hoy es un día de miraflores
gruñidos rengos
morenos hombres los que venden rosas a quien no las quiere
y bocas monumentales que abren camino a la alborada.

Amanece ahora mismo:
hoy es el día de mañana. Ayer.

Estertor vidrioso, canica ensimismada, recuento del abismo:
el mismo abismo
de anoche
la noche que empuja
y el hombre que insiste en que le compren unas flores:

- Ándele joven, para la reina, para la dama...-

No señor. No compro flores.
Y es que de flores me rebosan las semanas.

A mí los reinos momentáneos
y las épocas y humores:

Yo soy ayer
ahora
y mañana lo de siempre.

Yo soy hombre pues soy hambre
y soy herrumbre al final de cada hora.


Quince minutos después, te compraré unas flores.

viernes, marzo 07, 2008

Favor de no editar...publicar...toser...sobrevivir...

Si tuviera constitución sobre la que jurar
o amor que mereciera decir cualquier cosa
lo haría. Juro que lo haría.

Ya no se trata de la danza inoperante de subir hasta la ibero
y más allá.
Ya no es que importe si la avenida de los poetas
es calle o es calzada
o no es ni la una, ni la otra.

Ya no importa nada. Y nunca ha importado, si se le mira bien.


No es mi fragilidad nunca denunciada
pero siempre descrita.
Ni tampoco es la fragilidad de eso que se suele llamar el mundo
ya sea el de constituyentes esquina expansión
o el de televisa doña fe santa fe grandiosa e incongruente mierda muy operativa

Ya no importa nada. Y nada importa cuando alguien que sí importa
lo rebaja todo a un enunciado de locura
adicción
perdición y falta de finura
desprecio eterno
sangre funesta que nadie lame y que nadie quiere
pero que todos
en puestos de periódicos y locales cerrados
lamen mientras pueden y les basta el estómago.

Bah.


Imagina que ese cielo que conoces
que siempre lee y que casi siempre te respeta
un día se levanta medio ajado
oblicuo y ajeno: vaya, digamos que emputado.

E imagina que ese cielo que casi siempre te responde
te abraza y te cuida
y se te apiada
normalmente y (no, lástima jamás) casi siempre te propone
un día se levanta otra vez y otra vez
y otra vez
y a la tercera o la quincuagésima
te mata y te abandona y te dispone sin más
vieja lata de jugo júmex: Tú no perteneces aquí (flechazo al corazón)

Y ya. Luego imagínate nada.
Todo negro frente a los ojos, frente a la calma
las horas
todo
sin terminarse todo, lo demás se acaba.


¿Se podría despertar de nuevo?
Sí.
¿Hablaría nuevamente la bestia?
Seguro.

¿Volvería el mundo a ser el mundo?
Es dudable. Pero no imprescindible.


Me dejo "hacerle al hortelano"
porque es todo lo que tengo.
Escapatoria, reintegración, camino.
Camino dentro del camino.
Historia dentro de la historia.

Hace muchos (pocos) años aprendí
a no pedir perdón por mis memorias.
Y logré ser cuando lo puedo
y vivir cuando me lo deja hacer la historia.

No tengo disculpas para mí ni para nadie.
Este chapultepec me lleva hasta acutzingo
santa fe
y luego hasta el regreso que me deja ser solito
y sin vivir para la gloria.

¿Nos vamos juntos?
O no.

A quién le importa trotar
cuando a lo lejos
se ve
y casi casi
se puede lamer
cada vuelta y vuelta y vuelta
que nos lleva a dar la noria.

martes, febrero 26, 2008

Lágrimas (y más lágrimas) pal cocodrilo (1999)

Para Efraín Huerta. El más grande poeta que ha dado México.


Cielo

O nubes

O estrellas

O jardines y sus obvias flores

piel cáustica

amor y su obvia pesadumbre

Revolución.

Esa

savia y raíz de tu palabra,

cocodrilo de prodigiosa estirpe

humilde amo de tus dominios y deseos

humilde amo de la carne grieta y surco

y de sabores ominosos

alados placeres del que llamamos

hombre

esa

resultó ser tu insignia.

Sombrero en mano y corazón tiritando,

Nos inclinamos frecuentes

y solemnes

ante esos tus tan tuyos versos

y ante tu muerte

y ante esa luz vegetal y dionisiaca

que ni tu verbo engendrante logra contener

Reverencia

ante la fuerza energúmena de tus ojos extintos

iluminando el ahora

Reverencia

pues

eres tú

nombrando los lirios

o las gladiolas

o las orquídeas

Reverencia aun más irreverente:

hete nombrando los sexos y sus cordilleras de muslos

de esos que sudan siempre

huelen siempre

y saben siempre

y nombrando también las cosas suaves

y hasta la dura nada

Reverencia

tú nombrando el bronce y los duraznos

o el invierno en trolebús

de algunos días de junio

para fundir cualquier entraña dulcemente

con todos esos néctares apalabrados

y su magma-nieve delicada

Reverencia

Tus aleteos destilados

buenos tequilas de tinta

mejor que suero

catéter en la sangre

tus vivencias envidiables

Delicada la brutalidad del placer

¿Era el verano que bebías sin miedo

o la sal de tus amantes?

¿O era algún fuego forjado en la hoguera de cien mujeres

vibrando sus acordes suculentos

o el desnudo asombro frente al otro y su mirada,

los que forjaban tu precisión asimétrica

y tu plácida perfecta

y penetrante

poesía?

¿Eran las horas no adjetivadas

O esos pocos años de frío

o la barbilla inquilina de tu cara alcohólica

preferida de todos los muslos de la ciudad

o el escueto silencio del presente taciturno

y aburrido

los que visitaban tu palacio de poeta

los que esculpían tu

cardumen de palabras

los que te emergían hacedor

y te entregaban su poder y sus misterios

como una

virgen

en sagrado sacrificio

de su virtud ?

Sabrá la chingada

o chance alguna de sus hijas,

por qué para ti los vientres eran playas

y los sexos islas remotas

y las palomas sangre

vuelo

libertad aérea

desconsuelo de insulsez

y pecado de suculenta penitencia.

La cosa es que bajo ellas

la ciudad y su ruido antinatural

y su estiércol misericordioso

y hasta su grandeza tibieza y sus calles necesidad

y noches lamento empujándose

y sus orejas de frío

todas las canciones siguen aquí

aburridas

insoportables, casi

desde que te fuiste a dormir para siempre, poeta.

Si supieras

así de tan bien extinto

tan ojos de polvo

y maestro

como sigues

si supieras el placer que ha sido

Es

Somos

Cuando vamos juntitos a beber tus palabras pretéritas

Y cuando así de muerto

tan vivo

las repites necias, ebrias

e irrepetibles

y si supieras

maese

que no te acompañaron a cantar bajo la tierra

todas las arias palomas que domaban tus flores

Ay, si supieras

si subieras a beberte las que dejaste espumosas

y si me quitaras de encima tantas flores plásticas

de cantinas paradisíacas

y tantas señales tan verdaderas

y tan falsas

Ay, si supieras

si no estuvieras tramando bacanales subterráneas

Si no estuvieras cogiéndote con las raíces húmedas

del subsuelo

Quizás, maestro,

y sólo quizás

me mandarías a tus diablos asignados

para que me dejaran de abrazar con sus mentiras

y sus frases hechas

que me niegan

todavía

el camino a tus zapatos de poeta.